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y ejército. Pero fue un hombre cruel y brutal que, para desahogar su ansia
de rapiña contra el pueblo, trató de captarse la benevolencia de las tropas
permitiéndoles toda clase de licencias; por otra parte, olvidado de la
dignidad que investía, bajo muchas veces a la arena para combatir con los
gladiadores y cometió vilezas incompatibles con la majestad imperial, con lo
cual se acarreó el desprecio de los soldados. De modo que, odiado por un
grupo y aborrecido por el otro, fue asesinado a consecuencia de una
conspiración.
Nos quedan por examinar las cualidades de Maximino. Fastidiadas las tropas
por la inactividad de Alejandro, de quien ya he hablado, elevaron al
imperio, una vez muerto éste, a Maximano, hombre de espíritu
extraordinariamente belicoso, que no se conservó en el poder mucho tiempo
porque hubo dos cosas que lo hicieron odioso y despreciable: la primera, su
baja condición, pues nadie ignoraba que había sido pastor en Tracia, y esto
producía universal disgusto; la otra, su fama de sanguinario; había diferido
su marcha a Roma para tomar posesión del mando, y en el intervalo, había
cometido, en Roma y en todas partes del imperio, por intermedio de sus
prefectos, un sinfín de depredaciones. Menospreciado por la bajeza de su
origen y odiado por el temor a su ferocidad, era natural que todo el mundo
se sintiese inquieto y, en consecuencia, que el África se rebelase y que el
Senado y luego el pueblo de Roma y toda Italia conspirasen contra él. Su
propio ejército, mientras sitiaba a Aquilea sin poder tomarla, cansado de
sus crueldades y temiéndolo menos al verlo
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rodeado de tantos enemigos, se plegó al movimiento y lo mató.
No quiero referirme a Heliogábalo, Macrino y Juliano que, por ser harto
despreciables, tuvieron pronto fin, y atenderé a las conclusiones de este
discurso. Los príncipes actuales no se encuentran ante la dificultad de
tener que satisfacer en forma desmedida a los soldados; pues aunque haya que
tratarlos con consideración, el caso es menos grave dado que estos príncipes
no tienen ejércitos propios, vinculados estrechamente con los gobiernos y
las administraciones provinciales, como estaban los ejércitos del Imperio
Romano. Y si entonces había que inclinarse a satisfacer a los soldados antes
que al pueblo, se explica, porque los soldados eran más poderosos que el
pueblo; mientras que ahora todos los príncipes, salvo el Turco y el Sultán.
Tienen que satisfacer antes al pueblo que a los soldados, porque aquél puede
más que éstos. Excepto al Turco, que, por estar siempre rodeado por doce mil
infantes y quince mil jinetes, de los cuales dependen la seguridad y la
fuerza del reino, necesita posponer toda otra preocupación a la de conservar
la amistad de las tropas. Del mismo modo, conviene que el Sultán, cuyo reino
está por completo en manos del ejército, conserve las simpatías de éste
sin tener consideraciones para con el pueblo. Y adviértase que este Estado
del Sultán es muy distinto de todos los principados y sólo parecido al
pontificado cristiano, al que no puede llamársele principado hereditario ni
principado nuevo, porque no son los hijos del príncipe
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