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viejo los herederos y futuros príncipes, sino el elegido para ese puesto por
los que tienen autoridad.. Y como se trata de una institución antigua, no le
corresponde el nombre de principado nuevo, aparte de que no se encuentran en
él los obstáculos que existen en los nuevos, pues si bien el príncipe es
nuevo, la constitución del Estado es antigua y el gobernante recibido como
quien lo es por derecho hereditario.
Pero volvamos a nuestro asunto. Cualquiera que meditase este discurso
hallaría que la causa de la ruina de los emperadores citados ha sido el odio
o el desprecio, y descubriría a qué se debe que, mientras parte de ellos
procedieron de un modo y parte de otro, en ambos modos hubo dichosos y
desgraciados. Pertinax y Alejandro fracasaron porque, siendo príncipes
nuevos, quisieron imitar a Marco, que había llegado al imperio por derecho
de sucesión; y lo mismo le sucedió a Caracalla, Cómodo y Maximino al
intentar seguir las huellas de Severo cuando carecían de sus cualidades. Se
concluye de esto que un príncipe nuevo en un principado nuevo no puede
imitar la conducta de Marco ni tampoco seguir los pasos de Severo, sino que
debe tomar de éste las cualidades necesarias para fundar un Estado, y, una
vez establecido y firme, las cualidades de aquél que mejor tiendan a
conservarlo.
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Capitulo XX
SI LAS FORTALEZAS, Y MUCHAS OTRAS COSAS QUE LOS PRINCIPES HACEN CON
FRECUENCIA SON UTILES O NO
Hubo príncipes que, para conservar sin inquietudes el Estado, desarmaron a
sus súbditos; príncipes que dividieron los territorios conquistados;
príncipes que favorecieron a sus mismos enemigos; príncipes que se
esforzaron por atraerse a aquellos que les inspiraban recelos al comienzo de
su gobierno; príncipes, en fin, que construyeron fortalezas, y príncipes que
las arrasaron. Y aunque sobre todas estas cosas no se pueda dictar sentencia
sin conocer las características del Estado donde habría de tomarse semejante
resolución, hablaré, sin embargo, del modo más amplio que la materia
permita.
Nunca sucedió que un príncipe nuevo desarmase a sus súbditos; por el
contrario, los armó cada vez que los encontró desarmados. De este modo, las
armas del pueblo se convirtieron en las del príncipe, los que recelaban se
hicieron fieles, los fieles continuaron siéndolo y los súbditos se hicieron
partidarios. Pero como no es posible armar a todos los súbditos, resultan
favorecidos aquellos a quienes el príncipe arma, y se puede vivir más
tranquilo con respecto a los demás; por esta distinción, de que se reconocen
deudores al príncipe, los primeros se consideran más obligados a él, y los
otros lo disculpan comprendiendo que es preciso que gocen de más beneficios
los que tienen más deberes y se exponen a
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