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Senado, lleno de espanto, lo eligió emperador. Pero para adueñarse del
Estado quedaban aún a Severo dos dificultades. La primera en Oriente, donde
Níger, jefe de los ejércitos asiáticos, se habla hecho proclamar emperador;
la segunda en Occidente, donde se hallaba Albino, quien también tenía
pretensiones al imperio. Y como juzgaba peligroso declararse a la vez
enemigo de los dos, resolvió atacar a Níger y engañar a Albino, para lo cual
escribió a éste que, elegido emperador por el Senado, quería compartir el
trono con él; le mandó el título de césar y, por acuerdo del Senado, lo
convirtió en su colega, distinción que Albino aceptó sin vacilar. Pero una
vez que hubo vencido y muerto a Níger, y pacificadas las cosas en Oriente,
volvió a Roma y se quejó al Senado de que Albino, olvidándose de los
beneficios que le debía, había tratado vilmente de matarlo, por lo cual era
preciso que castigara su ingratitud. Fue entonces a buscarlo a las Galias y
le quitó la vida y el Estado.
Quien examine, pues, detenidamente las acciones de Severo, verá que fue un
feroz león y un zorro muy astuto, y advertirá que todos le temieron y
respetaron y que el ejército no lo odió; y no se asombrará de que él,
príncipe nuevo, haya podido ser amo de un imperio tan vasto, porque su
ilimitada autoridad lo protegió siempre del odio que sus depredaciones
podían haber hecho nacer en el pueblo. |
Pero Antonino, su hijo, también fue hombre, de cualidades que lo hacían
admirable en el concepto del pueblo y grato en el de los soldados. Varón de
genio guerrero, durísimo a la fatiga, enemigo de la molicie y de los
placeres de la mesa, no podía menos de ser querido por todos los soldados.
Sin embargo, su ferocidad era tan grande e inaudita que, después de
innumerables asesinatos aislados, exterminó a gran parte del pueblo de Roma
y a todo el de Alejandría. Por este motivo se hizo odioso a todo el mundo,
empezó a ser temido por los mismos que lo rodeaban y a la postre fue muerto
por un centurión en presencia de todo el ejército. Conviene notar al
respecto no está en manos de ningún príncipe evitar esta clase de atentados,
producto de la firme decisión de un hombre de carácter, porque al que no le
importa morir no le asusta quitar la vida a otro., pero no los tema el
príncipe, pues son rarísimos, y preocúpese, en cambio, por no inferir
ofensas graves a nadie que esté junto a él para el servicio del Estado. Es
lo que no hizo Antonino, ya que, a pesar de haber asesinado en forma
ignominiosa a un hermano del centurión, y de amenazar a éste diariamente con
lo mismo, lo conservaba en su guardia particular: tranquilidad temeraria que
tenía que traerle la muerte, y se la trajo.
Pasemos a Cómodo, a quien, por ser hijo de Marco y haber recibido el imperio
en herencia, fácil le hubiera sido conservarlo, dado que con sólo seguir las
huellas de su padre hubiese tenido satisfecho a pueblo
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