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aquellos que no tienen seguridad de su estómago, antes de tratar algún negocio importante, templen con algún alimento su bilis, que el cansancio hace fermentar en seguida, sea porque la dieta reconcentre el calor, altere la sangre y detenga su curso en las venas debilitadas, sea porque la extenuación y debilidad del cuerpo embote el ánimo. Sin duda por esta razón los muy trabajados por los años o las enfermedades son más irascibles. Por las mismas causas conviene evitar el hambre y la sed, que exasperan y enardecen los ánimos.

 

        X. Viejo es el refrán «el cansado busca pendencia y puede aplicarse a todos los que se encuentran atormentados por el hambre, la sed o cualquier otro padecimiento. Porque así como se experimenta dolor al contacto más leve de la llaga, y hasta a la idea sola del contacto, así también se ofende de las cosas más pequeñas el espíritu enfermo: un saludo, una carta, una pregunta, a ser algunas veces motivo de porfía. No se toca una herida sin producir gemidos. Lo más conveniente es curarse desde los primeros síntomas del mal; para esto es necesario dejar a nuestras palabras la menor libertad posible, y contener los ímpetus. Fácil es sin duda dominar la pasión en el momento en que nace: la enfermedad tiene señales precursoras. Así como existen presagios que anuncia de antemano la tempestad y la lluvia, existen también ciertas señales para la ira, el amor y todas esas tempestades que agitan el alma. Los que padecen accesos de epilepsia sienten la proximidad del mal cuando el calor

abandona las extremidades, cuando se extravía la vista, cuando se contraen los nervios, cuando se turba la memoria, cuando gira la cabeza. Así es que atacan al mal en su origen por medio de los preservativos ordinarios; oponen perfumes y medicinas a la misteriosa causa que les impulsa al vértigo; combaten con fomentos el frío y la rigidez; o bien, si la medicina es impotente, evitan la multitud y caen sin testigos. Conveniente es conocer la enfermedad que se padece y sofocarla antes de que se desarrolle su fuerza: investiguemos cuáles sean las causas que nos irritan más. Aquél se irrita por una palabra ultrajante, el otro por acción; uno quiere que se respete su nobleza, otro su hermosura; éste desea pasar por elegante, aquél por sabio; uno se subleva contra el orgullo, otro contra la resistencia; quién no cree digno de su ira al esclavo, quién cruel en su casa, es sumamente afable fuera de ella; solicitar, lo considera uno envidia; no solicitar, lo considera otro desprecio. No son todos vulnerables por el mi lado.

 

        XI. Conveniente es pues que conozcas tu punto débil para protegerlo más que los otros. No es bueno verlo todo, oírlo todo; que pasen inadvertidas muchas injurias: ignorarlas equivale a no recibirlas. ¿No quieres ser iracundo? no seas curioso. El que averigua todo lo que se dice de él, el que va a desenterrar las palabras malévolas, hasta las más secretas, se persigue a sí mismo. Frecuentemente lleva la interpretación a ver injurias imaginarias. Cosas hay que conviene aplazar, otras que deben

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