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tranquilas. Además, no solo el ejemplo mejora al que vive entre los varones pacíficos, sino que no encuentra ocasión ninguna de ira, y no cede a su viciosa inclinación. Así pues, deberá huir de todos aquellos que sabe han de irritar su irascibilidad. «Pero ¿quiénes son? ¿Preguntas? En todas partes se encuentran, y por causas distintas, producen igual efecto. El orgulloso te ofenderá con sus desprecios, el rico con sus altiveces, el impertinente con sus injurias, el envidioso con su malignidad, el disputador con sus contradicciones, el vanidoso con sus mentiras e hinchazón. No podrás soportar que te tema el suspicaz, que te venza el obstinado, que te deprima el fatuo. Elige personas sencillas, afables, morigeradas, que no irriten tu ira y la soporten; y mejor aún debes preferir índoles flexibles, humanitarias y suaves que no lleguen, sin embargo, a la adulación; porque la ira se ofende con excesivas lisonjas. Nuestro amigo era ciertamente varón bueno, pero demasiado propenso a la ira, recibiendo tan mal la adulación como la ofensa. Sabido es que el orador Celio era muy irascible. Dícese que una noche cenaba con un cliente suyo, hombre de rara paciencia; pero era muy difícil a éste, estando solo con el orador, evitar una discusión con él. Consideró por tanto, que lo mejor sería aplaudir cuanto dijese, y desempeñar el papel de lisonjero. No pudiendo Celio soportar la aprobación, exclamó  «Hazme la contra, para que seamos dos. Pero aquel hombre que se encolerizaba porque no se irritaba el otro, se calmó en seguida careciendo de adversario. Si, pues, tenemos conciencia de nuestra irascibilidad, elijamos

con preferencia amigos que se acomoden con nuestro carácter y conversación: verdad es que nos harán susceptibles, que nos harán adquirir la mala costumbre de no escuchar nada que contraríe nuestros caprichos, pero en cambio gozaremos la ventaja de otorgar a la pasión aplazamientos y descanso. El más áspero e indominable se dejará acariciar, y nada es rudo e intratable para la mano ligera. Cuantas veces se prolonga y agria una discusión, es necesario cortarla antes de que llegue a ser violenta. La disputa se alimenta de sí misma; una vez lanzada, nos empuja hacia adelante. Más fácil es abstenerse de combatir que separarse de la lucha.

 

        IX. El iracundo debe abstenerse también de estudios demasiado serios, o al menos no entregarse a ellos hasta la fatiga; no repartir el espíritu entra muchas cosas, sino dedicarle a las artes amenas. Deléitese con los versos y los fabulosos relatos de la historia; trátese con dulzura y cuidados. Pitágoras calmaba a los acordes de la lira las turbulencias de su alma. Nadie, por el contrario, ignora que el clarín y la trompeta excitan, mientras que ciertos cánticos llevan tranquilidad al espíritu. El color verde conviene a los ojos débiles, y existen matices que dan descanso a la vista fatigada, en tanto que otros deslumbran con su brillo; así también los estudios agradables deleitan la mente enferma. Evitemos el foro, los pleitos, los tribunales y todo lo que puede enconar nuestro mal; huyamos también de la fatiga corporal, porque destruye todo lo que en nosotros hay de tranquilo y quieto, sublevando los humores acres. As? pues,

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