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despreciarse, y muchas que hay que perdonar. Por todos los medios debe restringirse la ira, y las más veces pueden convertirse las cosas en risa y broma. Refiérese de Sócrates que habiendo recibido un bofetón se limitó a decir: «Que era cosa molesta ignorar cuándo debía salirse con casco. No importa cómo se ha hecho la injuria, lo importante es la manera con que se ha recibido. Ahora bien; no veo por qué ha de ser difícil la moderación cuando veo tiranos envanecidos con su fortuna y su poder, reprimir su violencia habitual. He aquí lo que se refiere de Pisistrato, tirano de Atenas: Un comensal suyo, dominado por la embriaguez, prorrumpió en denuestos contra su crueldad; no carecía el tirano de amigos complacientes dispuestos a ayudarlo, y quiénes por un lado, quiénes por otro, le excitaban a la venganza; pero él, soportando la injuria con tranquilidad, contestó a los provocadores: «Que no estaba más conmovido que si alguien hubiese tropezado con él llevando los ojos vendados? La mayor parte se forman por sí mismos ofensas, por falsas sospechas o exagerando cosas leves.

 

        XII. Algunas veces nos asalta la ira; con más frecuencia salimos nosotros a su encuentro; pero lejos de, provocarla nunca, debemos rechazarla cuando se presenta. Nadie se dice: Esto por que me irrito lo he hecho o he podido hacerlo. Nadie juzga la intención, sino el acto solo y, sin embargo, es necesario tenerla en cuenta y apreciar si ha mediado voluntariedad o accidente, coacción o error, odio o interés: ¿siguieron el propio impulso o ayudaron la

pasión de otro? Debe tenerse consideración a la edad y posición del delincuente, con objeto de aprender a tolerar por humanidad y a sufrir por humildad. Pongámonos en el lugar de aquel contra quien nos irritamos; algunas veces nos hace iracundos falsa apreciación de nosotros mismos, y no podemos soportar lo que quisiéramos hacer. Nadie quiere imponerse aplazamientos; y, sin embargo, el remedio más eficaz de la ira es el tiempo, que enfría su primer ardor y disipa o al menos esclarece la nube que oscurece el ánimo. No dirá que basta un día, sino una hora, para dulcificar esos arrebatos que arrastran, o para dominarlos por completo. Si nada se consigue con el aplazamiento, al menos se aprenderá a ceder a la reflexión y no a la ira. Deja al tiempo todo aquello que quieras apreciar bien, porque nada se ve con claridad en la primera agitación. Irritado Platón contra su esclavo, no puede aplazar la ira; mándale despojarse en el acto de la túnica y presentar la espalda a las varas, disponiéndose a golpearlo con su propia mano. Observando, sin embargo, que estaba encolerizado, permanecía con el brazo alzado en la actitud del que va a descargar el golpe. Un amigo que casualmente llegó le preguntó qué hacía. «Castigo, contestó a un hombre iracundo. Como estupefacto, permanecía en la actitud del hombre que va a castigar, actitud tan impropia del sabio, habiendo olvidado ya al esclavo porque había encontrado otro a quien debía castigar antes. Renunció pues, a sus derechos de amo, y sintiéndose muy conmovido por falta tan ligera: «Ruégote, oh Speusippo, dijo, que castigues a ese mal esclavo, porque yo estoy

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