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y así también en la móvil actividad de agitada vida, encuéntranse muchos obstáculos y muchos contratiempos. Uno defrauda nuestras esperanzas, otro las aplaza, el tercero interrumpe sus frutos; los proyectos no siguen la dirección que se les da, porque a nadie le es tan favorable la fortuna que le complazca en todo lo que intenta. Síguese de esto que el que fracasa en alguna empresa, se impacienta contra los hombres y las cosas; por ligeras causas se irrita con las personas, con los negocios, acusa a los lugares, a la fortuna y a sí mismo. Así pues, para que el alma está tranquila, necesario es no agitarla ni fatigarla, lo repito, en el desempeño de múltiples negocios, importunos y superiores a nuestras fuerzas. Fácil es llevar al hombro carga ligera, y pasarla sin peligro de uno a otro; pero nos cuesta mucho trabajo soportar la que nos imponen manos extrañas: agobiados en seguida, la echamos sobre el primero que llega, y mientras permanecemos bajo la carga, su peso nos hace vacilar.

 

        VII. Conviene que sepas que lo mismo sucede en los negocios civiles y domésticos. Los sencillos y expeditos marchan por sí mismos; los graves y superiores a nuestro alcance no se dejan alcanzar fácilmente; y si se llega a ellos, sobrecargan y arrastran al que los maneja, que creyendo haberles dominado, cae bajo ellos. Muchas veces se agota de esta manera la energía, cuando en vez de emprender cosas fáciles, se quiere encontrar fácil lo que se ha emprendido. Siempre que intentes algo, examina tus fuerzas, la naturaleza de tu proyecto y la de tus

medios, porque el disgusto del fracaso te producirá despecho. El espíritu ardiente y el frío y sin elevación se diferencian en que el fracaso despierta la ira en el altivo, y la tristeza en el blando e inerte. Deben, pues, ser nuestras acciones ni mezquinas, ni temerarias, ni culpables; que nuestras esperanzas no vayan más allá de nuestro alcance: nada intentemos que, hasta después del triunfo, pueda asombrarnos haberlo conseguido.

 

        VIII. Cuidemos mucho de no exponernos a una injuria que no podríamos soportar, Rodeémonos de personas amables y complacientes, y todo lo menos posible de ásperos y morosos. Adquiérense las costumbres de los que con frecuencia se trata, y así como se trasmiten por el contacto ciertas enfermedades del cuerpo, así también el alma comunica sus pasiones a los que están próximos. El beodo arrastra a sus comensales al amor del vino; la compañía de los libertinos blandea al fuerte y, si puede, al héroe; la avaricia infecta con su veneno a los que se le acercan. Por razón contraria, igual es la acción de las virtudes; dulcifican todo lo que tocan, y favorable clima, saludable aire no hicieron jamás tanto por la salud como el comercio con amigos mejores hizo por un alma vacilante. Comprenderás cuánto puede esta influencia si observas que las mismas fieras se domestican viviendo en nuestra compañía, y que el monstruo más agreste pierde todo su cruel instinto si por largo tiempo habita bajo el techo del hombre. Las asperezas se embotan y desaparecen poco a poco al rozamiento de las almas

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