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porque ésta goza con sus propios placeres, aquélla con los sufrimientos
ajenos. Sobrepuja a la envidia y a la malevolencia, porque ésta desea el
mal, aquélla lo realiza; las primeras se complacen con las desgracias
fortuitas, la segunda no espera los reveses de la fortuna; no se contenta
con ver padecer al que odia, quiere hacerlo sufrir por sí misma. Nada hay
más triste que las enemistades; la ira las provoca. Nada hay más funesto que
la guerra; la ira de los grandes la origina; y hasta esas iras individuales
y plebeyas no son otra cosa que guerras sin armas ni soldados. Además,
aunque prescindamos de los daños que deben seguirla, de las asechanzas y
perpetuas inquietudes que dan origen a mutuas luchas, la ira se castiga a sí
misma al castigar, porque abdica la naturaleza humana. Esta nos invita al
amor, aquélla al odio; la una ordena hacer el bien, la otra el mal. Añade
que la ira, aunque pretenda proceder de muy alto y tenga cierto aspecto de
grandeza, es sin embargo baja y pequeña; porque no hay nadie que no se crea
superior a aquel por quien se cree despreciado. Pero el ánimo levantado que
se aprecia en lo que vale, no venga la injuria porque no la siente. Así como
las saetas rebotan sobre el cuerpo duro y los golpes descargados sobre masa
sólida producen dolor en la mano que hiere, así también ninguna injuria
causa impresión en el ánimo noble, sino que se rompe sobre aquello a que
ataca. ¡Cuán hermoso es mostrarse impenetrable a todos los dardos,
despreciando toda injuria, toda ofensa! Confesarla, es conceder que nos ha
herido, y no es alma fuerte la que cede ante el ultraje. El que te
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ofende es más fuerte o más débil que tú si es más débil, perdónale; si es
más fuerte, perdónate.
VI. No hay señal más cierta de verdadera grandeza que la
imparcialidad ante todo lo que pueda acontecer. La región del universo más
elevada y mejor ordenada, la vecina a los astros, no amontona nubes, no
estalla en tempestades, no rueda en torbellinos; está libre de todo huracán,
siendo más abajo donde se forma el rayo. De la misma manera, el ánimo
levantado, sereno siempre, colocado en esfera tranquila, sofoca en él todos
los gérmenes de la ira, siendo ejemplo de moderación, de orden y majestad:
nada de esto encontrarás en el iracundo. ¿Quién es el que entregado a su
ofensa y furor no prescinde desde luego de todo comedimiento? ¿Quién en el
ímpetu de su rabia y al caer sobre alguno no abandona todo pudor? ¿Quién,
una vez irritado, recuerda el número y orden de sus deberes? ¿Quién sabe
moderar su lengua, contener alguna parte de su cuerpo y dirigirse una vez
suelta la rienda? Mucho nos aprovechará aquel saludable precepto de
Demócrito: «Nos aseguraremos la tranquilidad si no emprendemos en particular
ni en público negocios múltiples o superiores a nuestras fuerzas. El que
reparte el día entre multitud de ocupaciones, nunca lo pasará tan felizmente
que no encuentre una ofensa por parte de los hombres o de las cosas y que no
lo impulse a la ira. El que circula por los barrios más populosos de la
ciudad, necesariamente habrá de chocar con muchas personas, siendo arrojado
al suelo aquí detenido allá salpicado de barro más lejos;
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