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descargan golpes más furiosos e irrevocables? Aquella rapidez agrada en un caballo que se detiene a la voz, que no traspasa el término, que puede regirse a voluntad y reducirse de la carrera al paso. Sabemos que los nervios están enfermos cuando se agitan a pesar nuestro. Solamente los ancianos y los enfermos corren cuando quieren andar. Sanos y vigorosos son aquellos movimientos del alma que siguen nuestro impulso, no los arrastrados por el suyo. Nada, sin embargo, será tan útil como considerar primeramente la deformidad de la ira, y después sus peligros. Ninguna pasión tiene aspecto tan desordenado; afea los semblantes más bellos y descompone los rostros más tranquilos. El hombre irritado pierde toda dignidad, si su toga está plegada, según la costumbre, la dejará arrastrar y olvidará todo cuidada de su persona; si el arte y la naturaleza han dispuesto sus cabellos de manera conveniente, con la ira se erizarán; hincharanse sus venas; oprimida respiración agita su pecho; los furiosos esfuerzos de su voz le dilatan el cuello; estremécense sus miembros, tiemblan sus manos y agitase todo su cuerpo. ¿Qué piensas del estado interior de un alma cuya representación es tan repugnante? ¿Cuánto más terrible deben ser sus rasgos secretos, más ardiente su fermentación, y más vehementes sus arrebatos, fuego terrible que se devoraría a sí mismo si no estallase? Como los enemigos, como las bestias feroces corriendo a la matanza, o por la matanza repugnante, como los monstruos infernales que han imaginado los poetas, con su cinturón de serpientes y su aliento de fuego,

las negras Furias del averno lanzándose para enardecer a los combatientes, para sembrar la discordia entre los pueblos y destruir la paz, así podemos representarnos la ira, centelleantes los ojos, aullado, silbando, rechinando y rugiendo, reproduciendo en el huracán los sonidos más siniestros, blandiendo puñales con ambas manos; porque no cuida de cubrirse; torva, ensangrentada, cubierta de cicatrices y lívida con sus propios golpes, con vacilante paso y la razón ofuscada bajo densas nubes, corre de un lado para otro; destruye y se encarniza en su víctima; encuéntrase abrumada con el odio de todos y principalmente con el suyo, y si no puede dañar de otra manera, invoca la destrucción de la tierra, de los mares y del cielo, maldiciendo ala vez que maldita:

 

Sanguineum quatiens dextra Bellena llagellum,

Aut seissa gaudens vadit iscordia palla;o si es posible, imagínense rasgos más espantosos para esta repugnante pasión.

 

        XXXVI, Algunos hay, dice Sextio, a quienes aprovechó mirarse al espejo estando irritados: asustados por aquella transformación, creyeron tener delante una realidad, y no se reconocieron. ¡Y cuán lejos está aún esta imagen reflejada por el espejo de su verdadera deformidad! Si el alma pudiera mostrarse a los ojos y reflejarse en cualquier superficie, nos confundiríamos al verla lívida y manchada, espumosa, convulsa e hinchada. Si actualmente vemos aparecer su deformidad a través

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