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fijos y concentrados en una sola mirada. Añado a esto los dientes rechinando y buscando presa, no siendo otro su ruido que el que produce el jabalí al aguzarse los colmillos. Añade también los crujidos de las articulaciones cuando se retuerce las manos, las redobladas palpitaciones del corazón, la respiración anhelosa, los suspiros que brotan del fondo del pecho, la desordenada agitación del cuerpo; palabras entrecortadas, bruscas exclamaciones, los labios temblorosos y por momentos comprimidos, de los que brota como un silbido. A fe mía, que la fiera irritada por el hambre o por el dardo que queda clavado en cuerpo, tiene aspecto menos repugnante hasta cuando, en su agonía, alcanza al cazador con el último mordisco, que el hombre ardiendo en ira. ¿Te agradará ahora escuchar sus vociferaciones, sus amenazas, los acentos del alma torturada por ella? ¿No querrá cada cual huir de esta pasión cuando sepa que comienza por su propio suplicio? ¿No quieres que amoneste a aquellos que desde la cumbre del poder ejercitan la ira, viendo en ella una prueba de fuerza, que cuentan entre los mayores bienes de gran fortuna tener la venganza a sus órdenes, diciéndoles que no puede llamarse poderoso, ni siquiera libre, al hombre dominado por la ira? ¿No quieres que se lo diga a fin de que todos sean más vigilantes y observadores de sí mismos, cuando si los otros vicios son propios de las almas perversas, la ira se desliza hasta en el corazón de hombres ilustrados y en los más puros, hasta el punto de que algunos filósofos pretenden que la ira es indicio de sencillez, creyéndose vulgarmente mejores a los que están

sujetos a ella?

 

        V. «Pero ¿a dónde, dirás, nos lleva todo esto. A que nadie se crea seguro de este vicio, que lleva a la violencia y crueldad, hasta a los caracteres tranquilos y apáticos. De la misma manera que el vigor del cuerpo y las precauciones mejor observadas no preservan de la peste, que indistintamente ataca a los débiles y a los fuertes, así también han de temer la ira los caracteres activos, como los fríos y moderados, a los que prepara tanta más vergüenza y peligro cuanto más los modifica. Pero como nuestro primer deber es evitar la ira, el segundo reprimirla y el tercero curarla en los demás, dirá ante todo qué debemos hacer para no caer en ella; en seguida, cómo nos libraremos de su dominio, y últimamente cómo contendremos, cómo calmaremos al iracundo, cómo le devolveremos la tranquilidad. Conseguiremos no encolerizarnos si nos representamos más de una vez todos los vicios de la ira, si la apreciamos en su justo valor. Necesario es que la acusemos y condenemos; necesario es escudriñar todas sus deformidades y presentarlas a la luz, y para que aparezca tal como es, debemos compararla con las pasiones peores. La avaricia adquiere y amontona para que lo aproveche otra mejor que ella; la ira destruye, siendo muy pocos los que no han perdido algo por ella. Un amo violento obliga al esclavo a la fuga; otro a la muerte: ¿no pierde por la ira mucho más que vale lo que la provocó. La ira trae el luto a los padres, el divorcio a los esposos, el odio a los magistrados, a los candidatos el fracaso. Es mucho peor que la lujuria,

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