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de su rabia.
III. Esto es lo que acontece a los Bárbaros que se lanzan ciegamente
a la pelea. Cuando la injuria más ligera hiere a estos espíritus móviles, se
irritan en seguida, y hacia donde la ira les impulsa caen sobre los pueblos
como el huracán, sin orden, sin temor, sin previsión; ávidos de peligros,
gloríanse de los golpes recibidos, de arrojarse sobre las espadas, de chocar
contra los dardos y de abrirse paso a pesar de las heridas. «Indudable es,
dices, que la ira es una fuerza poderosa y destructora; muéstrame, pues,
cómo debe curarse. Sin embargo, como dije en libros anteriores, Aristóteles
se muestra defensor de la ira, y no prohíbe extirparla. Dice que ella es el
aguijón de la virtud; arrancada, queda desarmada el alma, embotada e
impotente para las cosas grandes. Necesario es, pues, presentarla en toda su
deformidad, en toda su ferocidad, y hacer patente a los ojos qué clase de
monstruo es el hombre enfurecido contra el hombre, con cuánta ceguedad se
lanza tan funesto para sí mismo como para los demás, y sumergiendo aquello
que no puede sumergirse sino con el mismo que lo sumerge. ¡Cómo! ¿podemos
llamar sensato al que, arrebatado por un torbellino, antes es empujado que
no caminante, se hace esclavo de furioso delirio, y temiendo encargar a
otros su venganza, la realiza por sí mismo; es cruel a la vez con la mano y
el corazón, verdugo de los que más quiere, de aquellos cuya pérdida ha de
llorar muy pronto? ¿Quién querría dar por auxiliar y compañera a la virtud
esta pasión
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que destruye todo consejo, sin el cual nada hace la virtud? Las fuerzas que
la fiebre despierta en el enfermo son falaces y pasajeras, y solamente
sirven para aumentar el mal. No debes creer que pierdo el tiempo en
discusiones inútiles, cuando repruebo la ira como si las opiniones de los
hombres estuviesen divididas acerca de ella; puesto que hay un filósofo, y
de los más ilustres, que le señala sus funciones, considerándola como útil
auxiliar del valor en los combates, de la actividad en los negocios y de
todo lo que reclama cierta energía en la ejecución. Para que nadie se engañe
suponiendo que puede servir en algún momento, en algún punto, necesario es
presentar desnuda esta rabia, loca y desenfrenada; necesario es devolverle
todo su aparato, sus potros, sus cuerdas, sus calabozos, sus cruces, las
hogueras que enciende alrededor de los cuerpos enterrados vivos, los ganchos
para arrastrar los cadáveres, las cadenas de toda forma, los suplicios de
toda especie, látigos para desgarrar, estigmas candentes, jaulas de rieras.
En medio de estos instrumentos coloca la ira,
lanzando roncos y siniestros rugidos y más espantosa aún que todos los
elementos de sus torturas.
IV. Aunque se dudase de sus otros caracteres, es muy cierto que
ninguna pasión tiene aspecto más horrible, como lo describimos en libros
anteriores: áspero, acre; en tanto pálido por la repentina retirada de la
sangre; en tanto rojo y como ensangrentado; acudiendo a la superficie todo
calor y vida; hinchadas las venas; los ojos ora extraviados y convulsos, ora
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