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insensiblemente, sino que nace completa. No emplea, como los otros vicios, la seducción; arrastra y empuja al hombre fuera de sí apasionado por el mal al mismo tiempo que lo sufre. Su furor no cae solamente sobre aquel a quien persigue, sino sobre todo lo que encuentra al paso. Los otros vicios impulsan al ánimo, la ira lo precipita; y aunque no sea posible resistir a sus impulsos, al menos las mismas pasiones pueden detenerse; ésta, parecida al rayo, a las tempestades y demás azotes, no puede detenerse, porque avanza cayendo, y la caída aumenta incesantemente sus fuerzas. Los otros vicios alteran la razón; éste la salud; los otros presentan agradable pendiente, que nos oculta sus progresos; la ira es el precipicio del alma. Nada nos persigue como esta pasión, aturdida en sus fuerzas, soberbia después del triunfo, loca después del engaño; el fracaso no la desalienta; si la fortuna le sustrae su adversario, revuelve contra sí misma su furiosa mordedura; no importa cuál sea su origen; nacida de poca cosa, desenvuélvese de un modo inmenso.

 

        II. Ninguna edad perdona; a ningún hombre exceptúa. Pueblos hay que, por su extremada pobreza, no conocen el lujo; otros que, gracias a su vida nómada y activa, se libran de la ociosidad; los que tienen costumbres campestres y vida sencilla no conocen el amojonamiento de los campos, el fraude y los males que nacen del foro. Pero no hay pueblo al que no atormente la ira, tan poderosa entre los Griegos como entre los Bárbaros, tan funesta a los

que temen la ley como a los que miden el derecho por la fuerza. Además, las otras pasiones corrompen a los individuos; ésta es la única que a las veces se apodera de toda una nación. Nunca ardió en amor un pueblo entero por una mujer; jamás una ciudad entera cifró su esperanza en el dinero y la ganancia; la ambición domina en pechos aislados; el orgullo no es enfermedad pública. Pero frecuentemente produce la ira levantamientos en masa. Hombres, mujeres, ancianos, niños, jefes y pueblos se encuentran unánimes, y la multitud, agitada por algunas palabras, va más lejos que el agitador. Córrese en el acto al hierro y al fuego; declárase la guerra a los pueblos vecinos; se hace a los conciudadanos; quémanse casas con toda una familia; y el orador querido, colmado de honores en otro tiempo, cae bajo la ira del tumulto que ha producido; legiones vuelven sus armas contra su General; el pueblo entero se separa del Senado; el Senado, ese oráculo de los pueblos, sin esperar las elecciones, sin nombrar un General, improvisa los ministros de su ira, y persiguiendo en las casas nobles jóvenes, él mismo se hace ejecutor de suplicios. Ultrájase a los embajadores, con menosprecio del derecho de gentes, y rabia criminal enardece a la ciudad; no se da tiempo a la ira pública para que se calme, sino que en el acto se lanzan flotas al mar cargadas de soldados que se amontonan apresuradamente en ellas. Nada de formalidades, nada de auspicios: el pueblo se precipita sin otro guía que su ira, sin otras armas que las que le proporciona la casualidad y el pillaje, para expiar después con sangrienta derrota la temeraria audacia

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