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de los huesos, de las carnes y de multitud de obstáculos, ¿qué sería si la contemplásemos desnuda? «Crees que nadie ha desistido de la ira ante un espejo. ¿Cómo no? correr al espejo para mirarse, es haber desistido ya. Nunca se encuentra más bella la ira que en su más espantosa fealdad, y tal como es quiere parecer. Pero mejor es considerar cuántas veces ha dañado por sí misma. Unos, en ciego arrebato, se cortaron las venas; otros vomitaron sangre por haber esforzado los gritos, y refluyendo con violencia el humor a los ojos, oscureció su limpidez, y los enfermos experimentaron aumento de dolores: nada lleva con más rapidez a la locura. Así pues, en muchos la demencia no fue otra cosa que continuación de la ira, y una vez perdida la razón no la recuperaron jamás. La demencia impulsó a Ayax a la muerte, y la ira a la demencia. Invocan la muerte sobre sus hijos, sobre ellos la indigencia, la ruina sobre su casa; y estos furiosos niegan su ira, como niegan su locura. Enemigos de sus mejores amigos, peligrosos para aquellos a quienes más quieren, no conociendo de la ley más que los castigos, girando al soplo más ligero, son inaccesibles a las palabras como a los favores. Su único guía es la violencia, y tan dispuestos están a clavaros la espada como a arrojarse sobre ella. Les domina el mayor de todos los males, superior a todos los vicios. Los otros penetran en el alma poco a, éste la invade desde el primer momento y por completo; domina, en fin, todas las demás pasiones, y vence al amor más ardiente. Así es que hay amantes que traspasan el pecho de la amada y abrazan locos a su víctima. La

avaricia, ese mal inveterado, ese mal tan rebelde, resulta vencido también por la ira; arrástrala a disipar sus riquezas y a entregar a las llamas su casa y sus amontonados tesoros. ¡Cómo! ¿No ha rechazado el ambicioso las insignias que en tanto estimaba y repudiado los honores que le ofrecían? No existe pasión alguna a la que no se sobreponga la ira.

 

Libro tercero

 

        I. Intentaremos hacer ahora, querido Novato, lo que más deseabas, es decir, arrancar la ira, o al menos refrenarla y moderar sus ímpetus. Algunas veces es necesario atacarla de frente y al descubierto, cuando lo permite la debilidad del mal otras por modo indirecto, cuando su excesivo ardimiento se exaspera y recrudece ante los obstáculos. Importa mucho saber si goza de grandes fuerzas y si está en su plenitud; si es necesario azotarla y rechazarla, o ceder al primer ímpetu de la tempestad que arrastraría el dique con ella. Consultar debemos la índole de cada cual; porque algunos se dejan vencer por súplicas, otros contestan a la sumisión con insultos y violencias. Unos se calman ante el terror, otros con reconvenciones; aquéllos con una concesión, éstos con la vergüenza; algunos con el aplazamiento, remedio muy lento para mal tan activo, y al que no debemos resignarnos sino en último caso. Las otras pasiones admiten dilación y su curación puede diferirse; pero ésta, violenta, impetuosa y excitándose a sí misma, no crece

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