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alguna reveló su dolor. Cenó como si hubiese obtenido el perdón de su hijo. ¿Me preguntas por qué  Porque tenía otro. ¿Qué hizo Príamo? ¿No disimuló su ira y abrazó las rodillas del Rey? A sus labios llevó aquella mano funesta, teñida con la sangre de su hijo, y ocupó su lugar en el banquete, pero sin perfumes, sin coronas; su cruel enemigo le instaba, a fuerza de consuelos tomar algún alimento, y a vaciar anchas copas bajo la vista de un vigilante escondido. Aquiles hubiese despreciado al padre troyano si hubiese temido por sí mismo, pero el amor paternal triunfó de la ira. Digno fue Príamo de que se le permitiese, al salir del festín, recoger los restos de su hijo. No permitió esto el joven tirano con su afable y benévolo aspecto; provocando al anciano con frecuentes brindis, le invitaba a desterrar sus penas, y éste, en recompensa, se mostraba regocijado e indiferente a lo que había pasado aquel día. El segundo hijo hubiese perecido, de no quedar el verdugo contento del convidado.

 

        XXXIV. Necesario es abstenerse de la ira, sea contra el igual, sea contra el superior, sea contra el inferior. El resultado de la lucha con el igual es problemático; luchar con el superior es insensato, y vil con el inferior. Despreciable e infeliz es el que devuelve el mordisco: el ratón y la hormiga amenazan la mano que les coge: los seres débiles se creen ofendidos en cuanto se les toca. Nos calmará el recuerdo de los favores recibidos en otro tiempo de aquel contra quien nos irritamos, y el beneficio rescatará la ofensa. Recordemos también la

reputación que nos formará nuestra fama de dulzura, y cuántos amigos útiles proporciona la clemencia. No tengamos ira contra los hijos de nuestros enemigos públicos y privados. Uno de los ejemplos de la crueldad de Sila fue haber expulsado de los cargos públicos a los hijos de los proscritos. Nada más injusto que hacer pasar a los hijos el odio que se tuvo a los padres. Preguntémonos, cuando nos cueste trabajo perdonar, si nos convendría que fuesen todos inexorables con nosotros. ¡Cuántas veces implora perdón el que lo negó  ¡Cuántas veces cae a los pies del que rechazó con los suyos! ¿Qué hay más noble que transformar la ira en amistad? ¿Qué aliados más fieles tuvo el pueblo romano que aquellos que por mucho tiempo fueron sus enemigos más encarnizados? ¿Qué sería hoy del Imperio si afortunada previsión no hubiese confundido vencidos y vencedores? ¿Se irrita alguno? atráele tú con beneficios. La lucha cesa en cuanto uno de los dos abandona el puesto: para combatir se necesitan dos. Si se traba pelea, mézclase la ira; triunfa aquel que retrocede primero; el vencedor es vencido. Te ha golpeado, retírate. Al devolverle los golpes, le proporcionarás ocasión de darte más y con excusa; ni podrás desembarazarte de él cuando quieras. ¿Quién querría herir con tal fuerza al enemigo que dejase la mano en la llaga sin poder retirarla? Arma de esta clase es la ira; difícilmente se retira.

 

        XXXV. Elegimos armas convenientes, espada cómoda y fácil de manejar: ¿y no evitaremos las pasiones del alma, mucho más pesadas y que

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