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que prevé. Si se hubiese de castigar toda índole depravada y dispuesta al
mal, la pena no exceptuaría a nadie.
XXXII. «Pero la cólera encierra cierto placer, y es dulce devolver
el mal. De ninguna manera; porque si es bella cosa en los favores
recompensar el bien con el bien, no lo es devolver injuria por injuria, en
aquello es vergonzoso ser vencido; en esto, vencer. La venganza no es
palabra humana (por lo que se la confunde con la justicia), y el talión
solamente se diferencia de ella en que es ordenado. El que devuelve la
injuria peca aunque con alguna excusa. Un hombre golpeó por equivocación en
los baños públicos a M. Catón, a quien no conocía, ¿quién la, hubiese
ofendido conociéndole? y excusándose en seguida, dijo Catón: «No recuerdo
haber recibido golpes. Consideró mejor olvidar la injuria que castigarla.
-¿No resultó algún mal, dices, de tanto exceso de insolencia? -Al contrario,
mucho bien; aquel hombre aprendió a conocer a Catón. De grandes almas es
despreciar las injurias: la venganza más humillante para el agresor es no
parecer digno de provocar venganza. Muchos, al pedir reparación por injurias
pequeñas, no han hecho más que agravarlas: grande y generoso es aquel que,
imitando a las fieras nobles, oye sin conmoverse los impotentes ladridos de
los gosquecillos. -Se nos despreciará menos si nos vengamos, dices. -Si
llegarnos a la venganza como remedio, lleguemos a ella sin ira, y no porque
la venganza sea dulce, sino porque sea útil. Pero frecuentemente mejor es
disimular que vengarse. |
XXXIII. Las injurias de los poderosos deben soportarse no solamente
con paciencia, sino que también con risueño rostro, porque humillarán de
nuevo si se persuaden de que han humillado. Lo más repugnante en la
insolencia de los afortunados es odiar a aquellos a quienes ofendieron.
Conocidísima es la frase de aquel que había envejecido sirviendo a reyes,
cuando le preguntaban cómo había llegado a cosa tan rara en la corte, a la
vejez: «Recibiendo injurias, contestó y dando las gracias. Frecuentemente no
es provechoso vengar las injurias, siéndolo por el contrario no
reconocerlas. Disgustado C. César por la minuciosidad que afectaba en traje
y peinado el hijo de Pastor, ilustre caballero romano, le hizo reducir a
prisión, y rogándole el padre que perdonase a su hijo, cual si la súplica
fuese sentencia de muerte, ordenó en el acto que le llevaran al suplicio.
Mas para que no fuese todo inhumano en sus relaciones con el padre, le
invitó a cenar aquella misma noche. Pastor acudió sin mostrar el menor
disgusto en el semblante. Después de encargar que le vigilasen, César le
brindó con una copa grande, y el desgraciado la vació completamente, aunque
haciéndolo como si bebiese la sangre de su hijo. Mandole perfumes y coronas,
con orden de observar si los aceptaba; los aceptó. El mismo día en que había
enterrado al hijo, o mejor dicho, que no pudo enterrarlo, él, centenario,
estaba reclinado en el lecho en el banquete de César, y el anciano gotoso
hacia libaciones que apenas se permitían el día del nacimiento de un hijo.
Durante todo el tiempo no derramó ni una lágrima, ni señal
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