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Nada tengo que reprenderme; no he hecho nada; es decir, que no te confiesas nada. Nos sublevamos al vernos sometidos a alguna reprensión, a algún castigo; mientras que en el momento mismo delinquimos añadiendo a nuestras faltas la arrogancia y rebelión. ¿Quién podrá llamarse inocente ante todas las leyes? Y aun siendo así  ¡qué pobre inocencia no ser bueno más que según la ley! La regla de nuestros deberes es mucho más extensa que la de nuestro derecho. ¿Cuántas cosas nos mandan la piedad, la humanidad, la liberalidad, la justicia y la buena fe, que no están escritas en las tablas de la ley?

 

        XXVIII. Pero ni siquiera podemos seguir esta estrechísima fórmula de inocencia. Hemos hecho unas cosas, otras las hemos meditado, deseado éstas y ayudado a aquéllas; en algunas somos inocentes porque no han tenido resultados. Pensando esto, seremos más indulgentes para con los que delinquen y más dóciles a las reprensiones: sobre todo no nos irritemos contra nosotros mismos (¿a quién perdonaremos si no nos perdonarnos?), y menos aún contra los dioses. Los disgustos que nos sobrevienen no los soportamos por su ley, sino por la de la humanidad. Nos asaltan enfermedades y dolores. De alguna manera hemos de salir de este domicilio de sórdido barro. Te dirán que alguno ha hablado mal de ti; medita si no has comenzado primero; investiga de cuántos has hablado ti Consideremos, en fin, que unos no infieren injuria, sino que la devuelven; que otros la infieren inducidos a ellos, éstos obligados, aquéllos por ignorancia:

hasta el que la infiere voluntaria-mente y con  conocimiento, al ofendernos, no trata de hacerlo así. O cede al atractivo de un chiste, o hace algo, no por causarnos daño, sino porque no podía prosperar sin rechazarnos. Frecuentemente hiere la adulación al acariciar. Quien recuerde cuántas veces ha estado expuesto a falsas sospechas, cuántos favores le ha otorgado la fortuna bajo apariencias de daño, a cuántas personas ha amado después de haberlas odiado, no se irritará con tanta prontitud, sobre todo si a cada cosa que le ofende se dice secretamente: Yo también he hecho lo mismo. Pero ¿dónde encontrarás un juez tan equitativo? ¿Acaso en el que nunca ve la mujer ajena sin desearla, bastándole para justificar su amor que sea de otro, al mismo tiempo que no quiere que miren la suya? ¿Acaso en el hombre sin fe que exige inflexiblemente el cumplimiento de la promesa, en el perjuro que persigue la mentira, en el calumniador que está impaciente porque se le llame a juicio? No quiere que se atente al pudor de sus esclavos jóvenes el mismo que entrega el suyo. Tenemos delante de los ojos los vicios ajenos, y a la espalda los nuestros. Por esta razón reprende el padre los prolongados festines de un hijo menos desarreglado que él. El que nada niega a sus pasiones, no concede nada a las de los demás; el tirano se irrita contra el homicida, y el sacrílego castiga los robos. La mayoría de los hombres se irrita no contra el delito, sino contra el delincuente. El examen de nosotros mismos nos hará más indulgentes, si nos preguntamos: ¿No hemos hecho algo parecido? ¿No hemos errado de la misma

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