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no sienta los golpes si no son muy graves. Nos irritamos contra objetos de que no hemos podido recibir injuria, o contra aquellos de que hemos podido recibirla. Entre los primeros los hay inanimados, como el libro, que algunas veces arrojamos porque está escrito en caracteres muy pequeños o rasgamos porque le encontramos faltas; como los vestidos, que hacernos pedazos porque nos desagradan: ¿no es demencia irritarse contra cosas que no pueden merecer ni sentir nuestra cólera? «Pero nos ofenden los que las hicieron. En primer lugar, frecuentemente nos irritamos antes de hacer esta distinción, y además, tal vez los mismos artífices podrían alegar buenas excusas. Uno no pudo hacerlo mejor que lo hizo, y no es injurioso para ti si no sabe más; el otro no lo hizo por ofenderte. En último caso, ¿qué locura mayor que derramar sobre cosas la bilis excitada por hombres? Pero si es insensato irritarse contra objetos privados de sentimiento, no lo es menos irritarse contra animales que no pueden injuriarnos porque no pueden quererlo, porque no hay injuria si no parte de la intención. De la misma manera pueden perjudicarnos que un arma, una piedra, pero no pueden causarnos injuria. Sin embargo, personas hay que se creen ultrajadas si un caballo dócil con otro jinete no lo es con ellas; como si la reflexión y no la costumbre y ejercicios del arte fuese la que hiciese ciertas cosas más manejables a ciertos hombres.

 

        XXVII. Ahora bien, si la ira en estos casos es ridícula, lo es también en cuanto a los niños y

aquellos que no les superan mucho en prudencia. Ante juez equitativo, en todas las faltas, la imprevisión se considera inocencia. Otros seres existen que no pueden dañar, sino que tienen propiedad benéfica y saludable, como los dioses inmortales que no quieren ni pueden perjudicar, Dulce y tranquila es su naturaleza, y tan lejana de dañar a los otros como a sí misma. Solamente los insensatos y los que desconocen la verdad pueden imputarles los furores del mar, las lluvias excesivas, los rigores del invierno, cuando no se dirige especialmente a nosotros nada de lo que nos favorece o perjudica. A los ojos de la naturaleza, no somos nosotros causa de los periódicos regresos del invierno y del verano; esto depende de leyes con las que gobierna lo divino. Nos estimamos con exceso al creernos dignos de ser principio de tan maravillosos movimientos. Nada de esto se ha hecho en perjuicio nuestro; todo lo contrario, nada hay que no se haya hecho en nuestro favor. Hemos dicho que existen seres que no pueden dañar: otros hay que no quieren. Entre éstos se encuentran los magistrados buenos, los padres, preceptores y jueces, cuyos castigos han de considerarse como el escalpelo, la dieta y demás cosas que nos hacen daño para nuestro bien. ¿Sufrimos una pena? recordemos, no lo que sufrimos, sino lo que hemos hecho: examinemos nuestra conducta. Si queremos confesarnos la verdad, apreciaremos con mayor severidad nuestro delito. Si queremos ser jueces equitativos, convendremos ante todo en que ninguno de nosotros está exento de faltas. Nuestra mayor indignación nace de decirnos:

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