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inocente. Esto lo admiro tanto más en Alejandro, cuanto que nadie, fue más pronto a la ira, siendo más de aplaudir la moderación en los reyes cuanto más rara es. También lo hizo así C. César usando con suma clemencia de la victoria civil. Habiendo sorprendido carpetas que contenían cartas escritas a Pompeyo por aquellos que al parecer habían seguido el partido contrario o permanecido neutral, las quemó y aunque de ordinario era muy moderado en su ira, prefirió no tener ocasión para irritarse. Consideró que la manera más noble de perdonar es ignorar las ofensas de todos. Muchos males causa la credulidad, con frecuencia ni siquiera se le debe escuchar, porque en ciertas cosas mejor es ser engañado que desconfiado.

 

        XXIV. Indispensable es desterrar del alma toda sospecha y conjetura ocasionada a injustas iras. Aquél me ha saludado con poca cortesía, aquel otro no correspondió cariñosamente a mi ósculo; éste ha interrumpido bruscamente una frase comenzada; aquél no me ha invitado a su banquete, y el semblante del otro no me ha parecido muy risueño. Nunca faltará pretexto a la sospecha: contemplemos con mayor sencillez las cosas, y juzguémoslas con más benignidad. Creamos solamente lo que hiera nuestros ojos, lo que sea evidente, y siempre que descubramos la falta de fundamento de nuestras sospechas, reprendamos nuestra credulidad. Este castigo nos acostumbrará a no creer fácilmente.

 

        XXV. Síguese de esto que no debemos encolerizarnos por causas frívolas y despreciables. Mi esclavo es torpe, el agua está tibia, el lecho poco mullido, la mesa descuidadamente servida: locura es irritarse por esto; de enfermos es o de pobre salud el estremecerse al viento más ligero; de vista muy delicada deslumbrarse por la blancura de una toga; de enervado por la molicie sentir dolor de costado por el trabajo ajeno. Cuéntase que Mindyrides, de la ciudad de los Sibaritas, viendo un hombre que cavaba la tierra y alzaba bastante el azadón, se quejó de fatiga, y le prohibió continuar su trabajo en presencia suya. El mismo se lamentaba de tener una contusión por haberse acostado sobre hojas de rosa plegadas. Cuando las voluptuosidades han corrompido a la vez el cuerpo y el alma, todo parece insoportable, no por su dureza, sino por nuestra molicie. ¿De qué proceden en verdad esos accesos de ira por una tos o estornudo, por una mosca que no han espantado bastante pronto, por encontrar en nuestro camino un perro, por caer inadvertida mente una llave de la mano del esclavo? ¿Soportará con tranquilidad los gritos populares, los sarcasmos del Foro y de la curia, aquel cuyos oídos ofenden el ruido de una silla arrastrada? ¿Soportará el hambre y la sed en una guerra de estío el que se irrita contra el esclavo que ha disuelto mal la nieve en el vino?

 

        XXVI. As? pues, nada alimenta tanto la ira como las intemperancias e impaciencias de la molicie. Debemos tratar nuestra alma con dureza, para que

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