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voluntariamente te rebajas; y otras lisonjas a las que difícilmente
resistiría un espíritu sano y sólidamente fundado desde antiguo. Necesario
es, pues, alejar la infancia de toda adulación; que oiga la verdad; que
algunas veces conozca el temor y siempre el respeto; que rinda homenaje a la
ancianidad; que nada consiga por la ira. Ofrézcasele cuando está tranquilo,
aquello que se le negó cuando lloraba; que tenga en perspectiva y no en uso
las riquezas paternas, y que se le repruebe toda mala acción.
XXII. Importante es para esto elegir preceptores y pedagogos de
plácido carácter. Todo lo tierno se adhiere a lo inmediato y crece
conformándose con ello: el adolescente reproduce muy pronto las costumbres
de las nodrizas y pedagogos. Un niño educado en casa de Platón y llevado a
la casa paterna, viendo irritarse a su padre gritando, dijo: «Nunca vi eso
en casa de Platón. Pero no dudo que más bien imitaría a su padre que a
Platón. Sea ante todo frugal la alimentación del niño, sin lujo sus trajes y
semejantes a los de sus compañeros. No se irritará al verse comparado a los
demás, si desde el principio le haces igual al mayor número. Pero todo esto
se refiere solamente a nuestros hijos. En cuanto a nosotros, si la suerte
del nacimiento y de la educación no deja lugar al vicio ni a los preceptos,
habremos de ordenar los días que nos quedan. Debernos, pues, combatir contra
las causas primeras. Causa de la ira es la idea de que se ha recibido una
injuria; necesario es no creer en ello fácilmente, ni ceder ni aun a
aquellas cosas que nos parecen
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evidentes, porque con frecuencia lo falso tiene las mismas apariencias que
lo verdadero. Indispensable es conceder siempre un plazo; el tiempo descubre
la verdad. No prestemos complaciente oído a los que acriminan: conozcamos
bien y desconfiemos de este vicio de la naturaleza humana, por el cual
creemos de buen grado lo que nos disgusta saber, y nos irritamos antes de
juzgar.
XXIII. ¿Qué sucederá si dejándonos arrastrar n solamente por falsos
relatos, sino que también por sospechas, si interpretando en mal sentido el
gesto, la sonrisa, nos irritamos contra inocentes? Necesario es, pues, que
defendamos contra nosotros mismos la causa del ausente, y dejemos en
suspenso nuestra ira. El castigo diferido puede cumplirse, pero, cumplido no
puedo suspenderse ya. Conocido es aquel tiranicida que, sorprendido antes de
haber consumado su obra, y atormentado por Hipias para que delatase a sus
cómplices, nombró los amigos del tirano que estaban en derredor suyo, y que
sabía apreciaban más su vida: cuando los hubo mandado a la muerte uno a uno,
preguntándole si quedaba alguno más por nombrar: «A ti solo, contestó
porque no he dejado a nadie que te quiera. La ira hizo que el tirano ayudase
al tiranicida e hiriese a sus defensores con su propia espada. ¡Cuánto más
animoso fue Alejandro! Habiendo recibido una carta de su madre, en la que le
prevenía que se precaviese del veneno del médico Filipo, bebió
descuidadamente la poción que le propinaba. Confiando en sí mismo en cuanto
a su amigo, digno fue de encontrarlo, y digno de hacerle
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