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Además, todos esos pueblos en su salvaje independencia, se parecen a los
leones y a los lobos, que no pueden obedecer ni mandar. No existe en ellos
la fuerza del carácter humano, sino la irritabilidad de las fieras, y nadie
puede gobernar si no sabe gobernarse.
XVI. Por esta razón, casi siempre ha pertenecido el mando a los
pueblos de las regiones templadas: el carácter de los que habitan los hielos
del Septentrión, es salvaje, como dice el poeta:
....Suoque simillima cœlo.
«Considéranse, dicen, como más generosos los animales más iracundos?
Es grave error presentar los animales como ejemplo del hombre, cuando en vez
de razón, solamente tienen impulso; y el hombre, en vez de impulso, tiene
razón. Y tampoco les mueve a todos el mismo impulso. Al león le ayuda la
ira; al ciervo, el temor; al buitre, la impetuosidad; a la paloma, la fuga.
¿Y es cierto, por otra parte, que sean mejores los animales más iracundos?
Concederá que las fieras, que viven de su presa, sean tanto más fuertes,
cuanto más furiosas; pero alabará en el buey la paciencia; en el caballo, la
docilidad al freno. ¿Mas por qué rebajar al hombre a tan infelices ejemplos,
cuando tienes delante de ti al universo y Dios, que siendo el único entre
todos los animales que puede imitarlo, es el único que lo comprende? «A los
iracundos, dicen, se les tiene por los más francos. Porque se les compara
con los astutos y sutiles, y
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parecen francos porque se descubren: yo no les llamaría francos, sino
incautos. Este es el nombre que damos a los necios, a. los libertinos, a los
pródigos y demás viciosos poco reservados.
XVII. «Algunas veces, dicen, el orador que se arrebata es más
elocuente. Di más bien que finge arrebato, porque los histriones, con su
energía, conmueven al pueblo, no porque están irritados, sino porque imitan
bien la ira. Así es que delante de los jueces, ante las asambleas populares
y donde quiera que intentemos mover los ánimos a nuestro impulso, fingiremos
en tanto ira, en tanto temor, en tanto compasión, para inspirarla a los
demás; y frecuentemente, lo que no hubiera conseguido una emoción verdadera,
lo conseguir otra fingida. «El alma es débil, dicen, si carece de ira.
Verdad es, si no hay nada más poderoso que la ira. No conviene ser ladrón,
ni robado, ni compasivo, ni cruel; lo uno sería demasiada debilidad de
ánimo, lo otro demasiada dureza. El sabio debe guardar el término medio; y
si es necesario obrar con vigor, emplee la energía y no la ira.
XVIII. Habiendo tratado lo concerniente a la ira, pasemos a sus
remedios. En mi opinión, son de dos clases: unos para no caer en ella, otros
para preservarnos de sus faltas. Así como en la medicina del cuerpo hay
remedios para conservar la salud y otros para restablecerla, así también no
son iguales los medios para repeler la ira y para triunfar de ella. Algunos
preceptos abrazarán la vida entera, y se
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