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que la clemencia? ¿Qué más atareado que crueldad? La castidad siempre está en calma, el libertinaje siempre ocupado, y todas las virtudes, en fin, se conservan fácilmente, manteniéndose los vicios con grandes trabajos. ¿Debe contrarrestarse la ira? Así lo confiesan en parte los que dicen que debe moderarse. Proscribámosla por completo, puesto que para nada puede servir. Sin ella, con más facilidad y seguridad se suprimirán los delitos, se castigará a los malvados y se les atraerá al bien.

 

        XIV. Todo lo que el sabio debe hacer, lo hará sin el auxilio de cosa mala, y no apelará al uso de una pasión cuyos extravíos tendrá que vigilar con inquietud. Nunca, por lo tanto, debe admitirse la ira; podrá fingirse algunas veces cuando sea necesario despertar la atención de espíritus cansados, como se excita con el látigo o la antorcha a los caballos tardos para emprender la carrera. Necesario es a las veces que el temor obre en aquellos con quienes nada puede la razón. Pero irritarse no es más útil que afligirse o asustarse. «¡Cómo! ¿No sobrevienen ocasiones que provocan la ira. Pues en estos casos principalmente se debe luchar contra ella: y no es difícil vencer el ánimo, cuando se ve al atleta, que solamente se ocupa de la parte más vil de sí mismo, soportar, sin embargo, los golpes y el dolor para agotar las fuerzas de su contrario, y no hiere cuando a ello le impulsa la ira, sino cuando encuentra ocasión propicia. Asegurase que Pirro, aquel gran maestro de ejercicios gímnicos, acostumbraba encargar a sus discípulos que no se irritasen; porque la ira perjudica

al arte y ve donde debe herir, pero no donde debe precaverse. Así es que muchas veces aconseja paciencia la razón, venganza la ira, y de un mal, que al principio podíamos evitar, caemos en otro mayor. Personas hay que, por no haber sabido soportar tranquila-mente una palabra ultrajante, fueron desterradas; las hay que no queriendo pasar en silencio una injuria leve, tuvieron que soportar gravísimos males, y quienes, indignándose porque cercenaban pequeñísima parte a su plena libertad, se atrajeron el yugo servil.

        XV. «Para que te convenzas, dicen, de que la ira tiene en sí algo de generoso, verás libres los pueblos más irascibles, como los Germanos y los Scitas. Esto sucede porque las almas fuertes y naturalmente enérgicas, antes de ablandarlas la civilización, son propensas a la ira. Ciertos sentimientos solamente brotan en los espíritus mejores, como en terrenos fecundos, aunque incultos, crecen árboles robustos; pero son muy diferentes los productos de las tierras cultivadas. Así pues, esos ánimos, naturalmente enérgicos, son iracundos; fogosos y viriles, nada mezquino y débil encierran; más esta energía es imperfecta, como todo lo que se desarrolla sin arte, por la fuerza sola de la naturaleza; y si no se les doma desde el principio, estos gérmenes del verdadero valor degeneran en audacia y temeridad. ¡Cómo! ¿No vemos unirse a la dulzura de carácter debilidades análogas, como la piedad, el amor, el pudor? Por esto te mostrará el buen carácter por sus mismas imperfecciones; pero no dejan por ello de ser defectos, aunque sean indicios de buen natural.

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