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las tinieblas, y las fieras a las plumas rojas: la ira no tiene en sí misma ninguna firmeza, ningún valor; pero intimida a los ánimos débiles. «Habrás de suprimir de la naturaleza la maldad, dicen, si quieres suprimir la ira; pero no puedes hacer lo uno ni lo otro? En primer lugar, podemos preservarnos del frío, aunque el invierno sea propio de la naturaleza, y del calor, aunque existen meses de verano; bien sea porque las condiciones del paraje pongan a cubierto de las inclemencias de la estación, bien sea que las costumbres del cuerpo triunfen de ambas sensaciones. En segundo lugar, invierte el argumento: necesario es suprimir la virtud del alma antes de dar entrada a la ira, porque los vicios no coexisten con las virtudes; tan imposible es que el mismo hombre sea a la vez iracundo y sabio, como enfermo y robusto. «Imposible es, dicen, suprimir completamente del alma la ira, no permitiéndolo la naturaleza del hombre? Nada hay tan difícil y penoso que la mente humana no pueda vencer, con lo que no pueda familiarizarla constante ejercicio; no hay pasión tan desenfrenada e indomable que no pueda doblegarse al peso de la disciplina. El ánimo obtiene todo lo que a sí mismo se manda. Algunos han conseguido no reír jamás; otros se han prohibido el vino; éstos las mujeres; aquéllos, en fin, todas las bebidas. Conténtase uno con breve sueño, y prolonga infatigables vigilias; otros han aprendido a subir corriendo por cuerdas estiradas, a elevar pesos enormes, casi superiores a las fuerzas humanas, a sumergirse a profundidades inmensas y a permanecer debajo del agua sin respirar.

        XIII. Otras mil cosas existen en las que la perseverancia ha vencido todos los obstáculos, y prueban que nada es difícil cuando el alma se ha impuesto a sí misma la paciencia. En los hechos que acabo de mencionar, el premio era nulo o muy inferior a trabajo tan obstinado. En efecto, ¿qué cosa magnífica gana el que ha aprendido a correr por la cuerda tirante, a cargar sus hombros con enormes pesos, a no someter sus ojos al sueño, a penetrar en el fondo del mar? Y sin embargo, por escaso provecho, la perseverancia ha conseguido su objeto. ¿Y nosotros no invocaremos en nuestro auxilio la paciencia que tan hermosa recompensa nos reserva, la inalterable tranquilidad del alma feliz? ¿No es gran victoria libertarse de ese mal tan temible, la ira, y al mismo tiempo de la rabia, la violencia, la crueldad, el furor y demás pasiones que le acompañan? No debemos buscar patrocinio para nosotros mismos, ni derecho a excusarnos diciendo: o es útil o es inevitable; porque ¿qué vicio ha carecido nunca de abogado? No debe decirse que la ira no puede curarse: los males que nos afligen no son incurables, y la naturaleza misma que nos crea para el bien, nos ayuda, si queremos enmendarnos. Además, el camino de la virtud no es, como algunos han creído, áspero y difícil, sino que se marcha por él con planta segura. No vengo a referiros cosas vanas: fácil es el camino hacia la vida feliz; emprendedlo solamente bajo buenos auspicios y con favorable asistencia de los dioses. Mucho más difícil es hacer lo que hacéis: ¿qué hay más grato que la tranquilidad del ánimo? ¿Qué más laborioso que la ira? ¿Qué más tranquilo

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