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delinquen; y diariamente se dice: «Encontrará muchos ebrios, muchos
libertinos, muchos ingratos, muchos avaros y otros muchos agitados por las
furias de la ambición y a todos los considerará con igual benevolencia que
el médico considera a los enfermos. ¿El dueño de la nave cuya trabazón
desunida hace agua por todas partes, se irrita contra los marineros o contra
la nave? No, antes corre al encuentro del peligro, cerrando el paso al agua,
arrojando la que ha penetrado, obstruyendo las aberturas visibles,
combatiendo con trabajo continuo las filtraciones ocultas que
insensiblemente van llenando la sentina, y no cesa porque el agua se renueva
a medida que se la expulsa. Necesaria es perseverante asistencia contra los
males continuos y fecundos, no para que desaparezcan, sino para que no
triunfen.
XI. «La ira es útil, dicen, porque libra del desprecio, porque
asusta a los malvados. En primer lugar, si la ira es tan potente como sus
amenazas, por lo mismo que es terrible, es odiosa. Más peligroso es ser
temido que ser despreciado. Pero si no es fuerte, se expone mucho más al
desprecio y no evita la irrisión: ¿qué cosa más fría que la ira agitándose
en el vacío? En segundo lugar, de que una cosa sea terrible, no se sigue que
sea poderosa: y no quisiera que se diese al sabio un arma que pertenece
también a la fiera, el terror. ¡Cómo! ¿No se teme la fiebre, la gota o una
llaga cancerosa? ¿Encuéntrase por esto algo bueno en estos males? Al
contrario, ¿no inspiran repugnancia y horror precisamente
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porque se les teme? La ira por sí misma es deforme y poco temible, pero
muchos la temen como teme el niño a las personas deformes. Y además ¿el
temor no recae sobre aquel que lo inspira, no pudiendo nadie hacerse temer y
quedar tranquilo? Recuerda aquel verso de Laberio, recitado en el teatro en
plena guerra civil y que todo el pueblo recibió como expresión del
sentimiento público:
Necesse est multos timeat, quem multi timent.
La naturaleza ha establecido que aquel que es grande por el temor de los
demás no escape a sus propios temores. El corazón del león se estremece al
ruido más ligero: una sombra, un sonido, un olor extraño turba a los
animales más feroces. Todo lo que asusta tiembla a su vez. No existe, pues,
razón para que el sabio desee que le teman.
XII. No ha de creerse que la ira sea algo grande porque infunda
temor; pues también se teme a las cosas más viles, los venenos, las tortas
mortíferas y la mordedura del reptil. No debe admirar que manadas de fieras
queden detenidas y sean rechazadas hacia las trampas por un cordón de plumas
de diferentes colores, llamado por el efecto que producen formido (espanto).
Los seres irracionales se asustan irracionalmente. El movimiento de un
carro, el cambiante aspecto de una rueda hace entrar al león en su jaula; el
gruñido del cerdo asusta al elefante. Así también se teme la ira como el
niño a
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