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ni siquiera exceptúa la boca.

 

       IX. Añade ahora los perjurios públicos de las naciones, las violaciones de tratados, la fuerza haciendo presa de todo lo que no puede resistirla, las captaciones, robos, fraudes, negaciones de depósitos, para cuyos delitos no bastan nuestros tres Foros. Si pretendes que el sabio se encolerice en proporción de la enormidad de los crímenes, no habrá de experimentar ira, sino demencia. Pero mejor es que creas que no deben irritar los errores: ¿que dirías si se encolerizaren contra aquellos que marchan con paso vacilante en las tinieblas, contra los sordos que no oyen una orden, contra el esclavo que descuida el cumplimiento de sus deberes para contemplar los juegos y necios divertimientos de sus iguales? ¿Qué dirías si se irritasen contra los enfermos viejos o extenuados? Debe colocarse entre las demás enfermedades de los mortales la oscuridad de la mente, y no solo existe necesidad de errar, sino también amor al error. Para no irritarte contra algunos, has de perdonarlos a todos; necesario es conceder indulgencia al género humano. Si te irritas contra los jóvenes y los ancianos porque delinquen, debes irritarte contra los niños porque han de delinquir. ¿Y existe alguien que se irrite contra los niños cuya edad no puede discernir nada aún? pues la excusa es más fuerte y más justa para el hombre que para el niño. Condición de nuestro nacimiento es estar expuestos a tantas enfermedades de alma como de cuerpo, no por debilidad o lentitud de inteligencia, sino por el mal uso de su penetración,

viniendo a ser unos para otros ejemplos de vicio. Cada cual sigue al que le precede en el mal sendero; ¿cómo no excusar al que se extravía en camino público?

 

       X. La severidad del General se ejerce en los individuos; pero es necesaria la indulgencia cuando ha desertado todo el ejército. ¿Quién disipa la ira del sabio? la multitud de culpables, porque comprende cuán injusto y peligroso es irritarse contra el vicio público. Cuantas veces salía Heráclito y veía en derredor suyo tantos que vivían mal, o mejor dicho, que morían mal, lloraba y se compadecía de todos aquellos que encontraba felices y contentos; acción propia de espíritu sensible, pero demasiado débil, encontrándose él mismo en el número de los que merecían compasión. Demócrito, por el contrario, nunca se encontraba en público, según dicen, sin reír; tan lejos estaba de considerar grave lo que se trataba gravemente. ¿Qué objeto de ira existe aquí abajo? Necesario es reír o llorar por todo. No, el sabio no se irritará contra los delitos. ¿Por qué porque sabe que nadie nace sabio, sino que se llega a serlo, y que un siglo entero produce muy pocos; porque tiene delante de los ojos la condición de la naturaleza humana, y ninguna mente sana se irrita contra la naturaleza. ¿Se asombrará de que no produzcan sabrosos frutos los matorrales silvestres? ¿Extrañará que no den productos útiles las espinas y abrojos? Nadie se irrita contra una imperfección que excusa la naturaleza. El sabio, pues, sereno y justo ante los errores, no es enemigo, sino corrector de los que

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