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combate el soldado más audaz ha experimentado temblor en las rodillas: al general más grande puede palpitar el corazón antes del choque de dos ejércitos; y el orador más elocuente, cuando se dispone a hablar siente erizársele el cabello. Pero la ira no debe conmoverse solamente, sino lanzarse adelante, porque es un impulso. Ahora bien: no existe impulso sin el consentimiento del ánimo, y no es posible que se trate de venganza y de castigo sin conocimiento del alma. Juzgase alguno ofendido, quiere vengarse; una causa cualquiera le disuade, y en el acto se detiene. A esto no lo llamo ira, sino movimiento del ánimo que obedece a la razón. Ira es lo que sobrepuja a la razón y la arrastra con ella. Luego esa primera turbación del ánimo que produce la apariencia de la injuria, no es más ira que la misma apariencia de la injuria; pero el arrebato ulterior, que no solamente recibo la apariencia que la admitió este es la ira, la sublevación del ánimo, que, con voluntad y reflexión, se encamina a la venganza. ¿Puede dudarse que el miedo impulsa a huir y la ira a avanzar? No creas, pues, que pueda buscarse o evitarse algo sin consentimiento de la mente.

 

        IV. Para que sepas cómo nacen las pasiones, crecen y se desarrollan, te dirá que el primer impulso es involuntario, siendo como preparación de la pasión y a manera de empuje: el segundo se realiza con voluntad fácil de corregir, como cuando pienso que necesito vengarme porque he sido ofendido, o que debe castigarse a alguno porque ha cometido un crimen: el tercero es tiránico ya; quiere vengarse, no

porque sea necesario, sino aunque no lo sea, y éste vence a la razón. No podemos evitar por medio de la razón la primera impresión del ánimo, ni más ni menos que esas impresiones del cuerpo de que ya hemos hablado, como bostezar cuando se ve bostezar a los demás, y cerrar los ojos cuando bruscamente nos acercan a ellos la mano. Estos movimientos no puede impedirlos la razón; tal vez el hábito y constante vigilancia atenuarán los efectos. El segundo movimiento, que nace de la reflexión, por la reflexión se domina...

 

        V. Ahora hemos de examinar si los que tienen hábito de crueldad, que se complacen en derramar sangre, se encuentran dominados por la ira cuando matan a aquellos de quienes no han recibido injurias ni creen haberlas recibido: como fue Apollodoro, como fue Phalaris. Esto no es ira, es ferocidad: no dada por haber recibido injuria, y hasta se encuentra dispuesta a recibirla con tal de dañar, y hiere y desgarra, no por venganza, sino por placer. Pues bien, el origen de estos crímenes es la ira: a fuerza de ejercerse y abrevarse, llega al olvido de la clemencia, borra del ánimo todo pacto humano, y al fin se trasforma en crueldad. Así es que los crueles por pasatiempo ríen y se complacen, se embriagan en profunda delicia y su semblante está muy lejos de expresar ira. Dícese que Aníbal, al ver un foro lleno de sangre humana, exclamó «¡Hermoso espectáculo! ¡Cuánto más hermoso le pareciera si la sangre hubiese llenado un río o un lago! ¿Cómo extrañar que tal espectáculo te agrade, cuando naciste en la sangre y desde la

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