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nada
de esto puede hacerse si el ánimo no se asocia a la impresión de los
sentidos.
II. ¿Qué objeto tiene esta cuestión? dirás. -El de averiguar qué sea
la ira. Porque si brota a pesar nuestro, nunca obedecerá a la razón. Todas
las impresiones que no dependen de nuestra voluntad son invencibles e
inevitables, como el estremecimiento que produce la aspersión con agua fría,
o el contacto de ciertos cuerpos: los cabellos se erizan cuando recibimos
malas noticias, el rubor cubre nuestra frente ante palabras malsonantes, y
el vértigo nos domina si miramos al precipicio. No dependiendo de nosotros
estas impresiones, no pueden contenerlas las persuasiones de la razón. Pero
los consejos triunfan de la ira. Luego es voluntario vicio del alma, y no
una de esas disposiciones que dependen de las condiciones de la naturaleza
humana, y se encuentran, por tanto, hasta en los más sabios, entre las
cuales debemos colocar esas primeras emociones del alma que nos agitan a la
idea de una injuria. Estas emociones despiertan hasta en el espectáculo de
las fábulas de la escena y en la lectura de las historias de la antigüedad.
Algunas veces experimentamos manera de cólera contra Clodio, que desterró a
Cicerón, contra Antonio, que le mató ¿Quién no se subleva contra las
victorias de Mario, contra las proscripciones de Sila? ¿Quién no se irrita
contra Theodoto y Achillas, y hasta contra aquel niño que por medio del
crimen se hace superior a la infancia? Algunas veces nos excitan los
cánticos y animados
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acentos. Conmuévese nuestro ánimo al sonido de las trompas bélicas, ante
sangrienta descripción y al triste aparato de los suplicios más merecidos.
Por esta razón reímos con los que ríen, nos entristecemos con la multitud
que llora, y nos exaltarnos ante ajeno combate: todas estas emociones son
ficticias, y estas iras no son más reales que nuestro dolor cuando fruncimos
el ceño en la representación teatral de un naufragio, o el miedo que invade
el ánimo del lector cuando sigue a Aníbal bajo nuestras murallas después de
la batalla de Cannas. Estas impresiones conmueven el alma a pesar suyo, pero
no son pasiones, sino principios y preludios de pasiones. Por esto el varón
militar, en medio de la paz y bajo la toga, se estremece al sonido de la
trompeta, y el caballo de batalla se alza al ruido de las armas. Dícese que
Alejandro, al escuchar el canto de Xenofonte, puso mano a la espada.
III. No debe llamarse pasión a ninguna de estas impresiones
fortuitas que conmueven el ánimo, porque éste antes las soporta que las
agita. La pasión consiste no en ser conmovido por la apariencia de los
objetos exteriores, sino en abandonarse a ella y continuar la sensación
accidental. Engáñase quien crea que la palidez, las lágrimas, la excitación
de deseos impuros, un suspiro profundo, el repentino brillo de los ojos u
otra cualquiera emoción parecida, son indicios de pasión o manifestación del
ánimo, no comprendiendo que no pasan de impulsos corporales. Así es que
muchas veces el hombre más valeroso palidece al empuñar las armas, y ante la
señal del
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