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Homero: ?(Hiéreme o te hiero). ¡Qué locura! ¡Imaginar que Júpiter no podía dañarle, o que él podía hacer daño a Júpiter! Creo que estas palabras no contribuyeron poco a excitar los ánimos de los conjurados; porque debió  parecerles el colmo de la paciencia soportar al que no podía soportar a Júpiter. Así pues, en la ira, hasta cuando se muestra más violenta, desafiando a los dioses y a los hombres, no existe nada grande ni noble; y si algunos se empeñan en ver en ella cierta grandeza, que la vean también en el lujo. El lujo quiere marchar sobre marfil, vestir púrpura, habitar bajo dorados techos, trasladar las tierras, aprisionar los mares, precipitar los ríos en cascadas, suspender bosques en el aire. Que vean grandeza en la avaricia: ésta descansa sobre montones de oro y plata, cultiva campos que podrían llamarse provincias, y da a cada arrendatario suyo territorios más extensos de los que asignaba la suerte a los cónsules. Que encuentren grandeza en la lujuria: ésta cruza los mares, forma rebaños de eunucos, y arrostrando la muerte, prostituye a la esposa bajo la espada del esposo. Que vean grandeza en la ambición, que no satisfecha con los honores anuales, querría, si fuese posible, cubrir con su solo nombre todos los fastos y ostentar sus títulos por todo el orbe. Poco importa hasta dónde se exalten y ex tiendan todas estas pasiones; no por ello son menos estrechas, miserables y bajas. Solamente la virtud es elevada, sublime, y nada hay grande sino aquello que al mismo tiempo es sereno.

Libro segundo

        I. Fecunda materia tuve en el primer libro, oh Novato, porque es cosa fácil seguir al vicio en su rápida pendiente: ahora debemos tratar cuestiones más delicadas. Hemos de investigar si la ira es producto del juicio o del ímpetu; es decir, si se mueve espontáneamente, o si, como casi todos nuestros impulsos, brota del interior sin consentimiento nuestro. En esto debernos fijar primeramente la discusión, para elevarse en seguida a mayor altura. En nuestro cuerpo, los huesos, los nervios, las articulaciones que forman la base del conjunto, y los órganos vitales tan poco gratos a la vista, se coordinan primeramente; en seguida viene lo que forma el encanto del semblante y aspecto, y cuando la obra está completa, aparece en último lugar la coloración, tan agradable a los ojos. No hay duda de que la apariencia sola de la injuria subleve la ira; pero ¿sigue en el acto a esta apariencia, y se lanza sin intervención del ánimo? Esto es lo que investigamos. Por nuestra parte sostenemos que nada intenta por sí misma y sin aprobación del alma. Porque apreciar la aparición de la injuria, desear la venganza y reunir estas dos ideas, que no debemos ser ofendidos y que debe castigarse la ofensa, no es propio del impulso que obra en nosotros sin intervención de la voluntad. El movimiento físico es sencillo; el del alma es complejo y consta de muchos elementos. Comprendió algo, se indignó condenó se vengó y

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