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espada en la mano de un iracundo. Ni tampoco imagines que la ira contribuye en nada a la grandeza del alma. Porque no produce grandeza, sino hinchazón; de la misma manera que en los cuerpos hinchados por viciado humor, la enfermedad no es la hinchazón, sino exuberancia perniciosa. Todos aquellos a quienes ánimo depravado lleva más allá de los pensamientos humanos, imaginan que respiran algo grande y sublime; pero en el fondo de esto no hay nada sólido, y todo edificio sin cimiento amenaza constantemente caer. La ira no descansa en nada, ni se alza sobre cosa firme y duradera; solamente es humo y viento, y tanto dista de la grandeza de ánimo corno la temeridad del valor, la presunción de la confianza, la tristeza de la austeridad, la crueldad de la severidad. Media mucha distancia, repito, entre el ánimo elevado y el ánimo orgulloso. Nada generoso emprende la ira, nada noble. Veo, por el contrario, en la irascibilidad habitual señales de ánimo gastado y estéril, convencido de su laxitud. Semejante a esos enfermos cubiertos de llagas, que gimen al contacto más ligero, la ira es principalmente vicio de mujeres y niños. Pero también invade a los hombres, porque los hay con espíritu de mujer y de niño. -Pero, ¡cómo! ¿no profieren palabras los iracundos que parecen arrancar de ánimo levantado a aquellos que ignoran la verdadera grandeza? como, por ejemplo, aquellas tan odiosas corno execrables: «Que me odien, con tal de que me teman? -Conviene que sepas que pertenecen al tiempo de Sila. No sé cuál de los dos deseos es peor, si el del odio o el del temor. ¡Que me

odien! Ves en el porvenir maldiciones, asechanzas, asechanzas, asesinato. ¿Qué más deseas? Que los dioses te castiguen por haber encontrado al odio remedio tan digno. ¡Qué me odien! ¿Cómo? ¿Con tal de que te obedezcan? no; ¿con tal de que te estimen? no; ¿pues para qué  con tal de que te teman. Ni siquiera querría quo me amasen a ese precio. ¿Crees que estas palabras son de alma grande? Te engañas; no hay grandeza en ellas, sino crueldad. No debes fiar en las palabras de los iracundos, que hacen, mucho ruido y amenazan, pero en el fondo son cobardes. Ni tampoco debe creerse lo que se lee en Tito Livio, escritor por otra parte muy elocuente: «Hombre grande antes que hombre honrado. Imposible es separar estas dos cualidades, porque el varón será bueno o no será grande, porque no comprendo otra grandeza de ánimo más que la inquebrantable, sólida en el interior, igualmente, firme en su conjunto, tal, en fin, como no puede encontrarse en los malvados. Porque éstos pueden muy bien ser amenazadores, impetuosos, destructores, pero no poseerán jamás la grandeza cuyo fundamento y fuerza forma la bondad: su lenguaje, sus esfuerzos, todo su aparato exterior reviste algunas veces falso aspecto de grandeza; algo elocuente dirán que tomarás por grande como cuando Cayo César, irritado porque el ciclo tronaba sobre sus mímicos, de los que antes era émulo que espectador, y porque el rayo, mal dirigido aquel día, perturbase la representación, provocó a Júpiter a mortal  combate,  repitiendo a gritos  aquel verso  de

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