pretextos a su furor! «A ti, dijo, te mando a la muerte porque has sido
condenado; a ti, porque has sido causa de la condenación de tu compañero; a
ti, porque habiendo recibido orden de matar, no has obedecido a tu General.
De esta manera imaginó tres delitos porque no encontró uno. Ya he dicho que
la ira lleva consigo el mal de rechazar toda dirección. Irrítase contra la
misma verdad, si ésta se manifiesta contra su voluntad; con gritos,
vociferaciones e impetuosos movimientos de todo el cuerpo se ceba en
aquellos a quienes hiere, añadiendo ultrajes y maldiciones. No obra así la
razón; sino que, tranquila y silenciosa, derribar. si es necesario, casas
enteras; destruirá familias perjudiciales a la república, sin perdonar niños
ni mujeres; destruirá su morada, la arrasará hasta los cimientos, para
borrar nombres enemigos de la libertad; y esto sin rechinar los dientes, sin
agitar la cabeza, sin hacer nada impropio de un juez, cuyo semblante debe
ser tranquilo e impasible, sobre todo cuando pronuncia alguna sentencia
importante. «¿Para qué dice Jerónimo, te muerdes primeramente los labios
cuando quieres herir a alguno? ¿Qué habría dicho si hubiese visto a un
procónsul lanzarse de su tribunal, arrancar los haces al lictor y rasgar sus
ropas, porque tardaban en rasgar las del condenado? ¿Qué necesidad hay de
derribar la mesa, romper los vasos, darse cabezadas contra las columnas,
arrancarse los cabellos, golpearse los muslos o el pecho? Considera cuánta
es la violencia de esta ira, que no pudiendo desfogar sobre otro
tan pronto como quisiera, se revuelve
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contra sí misma. Por esta razón se ve retenida por aquellos que rodean al
iracundo y le conjuran a que se compadezca de sí mismo; nada de esto
acontece al hombre exento de toda ira, sino que a cada cual impone el
castigo que merece. Con frecuencia perdona al delincuente, si el
arrepentimiento permite esperar enmienda, si descubre que el mal no viene de
lo profundo, sino que se detiene, como suele decirse, en la superficie.
Otorgará la impunidad cuando no haya de perjudicar ni a los que la reciben
ni a los que la conceden. Algunas veces castigará los grandes crímenes con
menos rigor que faltas más ligera, si en aquéllos hay más descuido que
malicia; si en éstas hay perversidad oculta, encubierta e inveterada.
Tampoco aplicará igual pena a dos crímenes, cometido el uno por
inadvertencia, y el otro con deseo premeditado de dañar. En todo castigo
obrará con el convencimiento de que tiene doble objeto que perseguir:
corregir los malvados o destruirlos. En uno y otro caso, no atiende a lo
pasado, sino a lo venidero. Porque, como dice Platón, «el sabio castiga, no
porque se ha delinquido, sino para que no se delinca; el pasado es
irrevocable, el porvenir se previene; a aquellos que quiera presentar como
ejemplos de maldad que alcanza desastroso fin, les hará morir públicamente,
no tanto para que perezcan, corno para impedir que perezcan otros? Ya ves
cuán libre debe estar de toda pasión aquel a quien toca apreciar y pesar
todas estas circunstancias para ejercer un poder que exige la mayor
diligencia: el derecho de vida y muerte. Mal
colocada está la
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