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brío, y en seguida se detiene fatigada antes de tiempo: esa ira que solamente respira crueldad, nuevos géneros de suplicios, se debilita y ablanda cuando llega el momento de obrar. La pasión cae pronto; la razón permanece siempre igual. En último caso, aunque la ira tenga cierta duración, si encuentra muchos culpables que hayan merecido la muerte, después del suplicio de dos o tres cesa de matar. Sus primeros golpes son terribles, lo mismo que es peligroso el veneno de las serpientes cuando salen de su nido; pero sus dientes son inofensivos cuando frecuentes mordeduras les han dejado exhaustos. Así también los que han perpetrado iguales crímenes, no sufren las mismas penas; y con frecuencia, el que ha cometido menos sufre más, porque se encuentra expuesto a ira más reciente. En todo es desigual la ira; en tanto avanza más de lo necesaria, en tanto se detiene más pronto de lo que debiera. Porque se complace en sí misma, juzga según su capricho, no quiere escuchar nada, no deja tiempo a la defensa, se adhiere a la idea de que se ha apoderado, y no sufre que se altere su juicio, por malo que sea. La razón da a las dos partes tiempo y lugar, y a sí misma se concede plazo para discutir la verdad; la ira obra precipitadamente. La razón quiere decidir lo que es justo; la ira quiere que se tome por justo lo que ella decide. La razón solamente considera el objeto en litigio; circunstancias ligeras y ajenas a la causa arrastran a la ira. Aspecto tranquilo, palabra firme, discurso algo libre, traje pulcro, imponente cortejo, favor popular, todo la exaspera. Frecuentemente, en

odio al defensor, condena al acusado; hasta cuando se le pone la verdad en los ojos, ama y acaricia la mentira; no quiere que se la convenza, y comprometida en mal camino, la obstinación te parece más honrosa que el arrepentimiento. Con Pisón fue en estos últimos tiempos varón exento de muchos vicios, pero con espíritu perverso que tomaba rigor por firmeza. En un momento de ira habla ordenado que se llevase al suplicio a un soldado que había vuelto de forrajear sin su compañero, acusándole de haber dado muerte al que no podía presentar. El soldado le suplicó le concediese algún tiempo para buscarlo, y se lo negó Sacaron, pues, al condenado fuera del recinto, y ya tendía el cuello, cuando de pronto se presentó el que suponían muerto. El centurión encargado del suplicio mandó entonces al que iba a descargar el golpe que envainase la espada; lleva el condenado a Pisón, para devolver al juez la inocencia, puesto que la fortuna se la había devuelto ya al acusado. Inmensa multitud seguía a los dos compañeros, que marchaban abrazados con grande regocijo de todo el campamento. Pisón se lanzó furioso a su tribunal, y mandó llevarles al suplicio a los dos, el que no había matado y el que no había sido muerto. ¿Hay algo más indigno que esto? porque uno era inocente, perecieron los dos. Pisón añadió otra víctima: el centurión que trajo a los soldados fue condenado a muerte. Decidido quedó que perecieran tres hombres en el mismo punto a causa de la inocencia de uno de ellos.  ¡Oh,  cuán  ingeniosa  es  la  ira  para  inventar

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