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vicios; a cada enfermedad debo buscar su remedio. A éste le curará con la
vergüenza, a aquél con el destierro, al uno con el dolor, al otro con la
pobreza y al de más allá con la espada. Si tengo que vestir la siniestra
toga del juez, si la fúnebre trompeta ha de convocar a la multitud, subirá
al tribunal, no como iracundo a enemigo, sino con la serena frente de la
ley; pronunciará la solemne sentencia con voz antes grave y tranquila que
arrebatada, y ordenará la ejecución con severidad, pero sin ira. Y cuando
mande cortar la cabeza al culpable, y cuando haga coser el saco del
parricida, y cuando remita al suplicio militar, y cuando llevar a la roca
Tarpeya al traidor o al enemigo público, no experimentará ira, tendrá tanta
tranquilidad en el rostro y en el ánimo como cuando aplasto un reptil o
animal venenoso. «Necesitase la ira para castigará ¡Cómo! ¿Te parece
irritada la ley contra aquellos que no conoce, que no ha visto, que no
espera que existan? Necesario es apropiarse su espíritu, no se irrita, sino
que establece principios. Porque si conviene al varón bueno irritarse contra
las malas acciones, también le convendrá evitar el triunfo de los malvados.
¿Qué mayor repugnancia que la de ver prosperar y abusar de los favores de la
fortuna a hombres para quienes la fortuna no podría inventar bastantes
males? Sin embargo, contempla sus riquezas sin envidia, como sin ira sus
crímenes. El buen juez condena lo que la ley reprueba; no odia. «¡Cómo!
cuando el sabio encuentre a su alcance algún vicio, ¿no se conmoverá su
ánimo, no se agitará más que de ordinario? Lo confieso; experimentará alguna
conmoción débil y
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ligera.
Porque, como dice Zenón, en el ánimo del sabio, hasta cuando está curada la
herida queda la cicatriz. Experimentará sombras y sospechas de pasión, pero
se encontrará exento de las pasiones mismas. Aristóteles pretende que
ciertas pasiones se convierten en armas para el que sabe manejarlas.
Verdadero sería esto, si, como las armas de la guerra, pudieran cogerse y
dejarse a voluntad del que las usa. Pero esas armas, que Aristóteles da a la
virtud, hieren por sí mismas, sin esperar el impulso de la mano; gobiernan y
no son gobernadas. No necesitamos otros instrumentos; la naturaleza nos ha
robustecido bastante con la razón. En ésta nos ha dado un arma fuerte,
duradera, dócil, que no tiene dos filos y no puede volverse contra su dueño.
La razón basta por sí misma, no solamente para aconsejar, sino que también
para obrar. ¿Qué cosa más insensata que querer que invoque el auxilio de la
ira, subordinar lo inmutable a lo incierto, la fidelidad a la traición, la
salud a la enfermedad? ¿Cómo, si hasta en aquellos actos para los que parece
necesario el auxilio de la ira, la razón por sí misma es mucho más fuerte?
Cuando la razón ha juzgado que tal cosa debe hacerse, persiste en ello, no
pudiendo encontrar nada mejor que ella misma que la impulse a cambiar; así
es que se fija en lo que una vez ha decidido. La ira, por el contrario, ha
retrocedido muchas veces ante la piedad, porque su fuerza no es estable; es
una hinchazón vana; revélase primera-mente con violencia, como esos vientos
que se alzan de la tierra y que, salidos de los ríos y pantanos, tienen
impetuosidad pasajera. Comienza con extraordinario
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