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la severidad; y necesario es hacerle mejor, tanto para él como para los
demás, no sin castigo, pero sí sin cólera. ¿Qué médico se irrita contra su
enfermo?
XV. «Pero son incorregibles; nada hay en ellos suave, ni que deje
lugar a la esperanza Pues bien: suprimid de entre los vivos a los que
cometen crímenes enormes y deen de ser malos de la manera que es posible,
pero sin ira. Porque ¿cómo odiar a aquel a quien se prestó el mayor servicio
librándole de sí mismo? ¿Acaso odia alguno a sus propios miembros cuando los
hace cortar? Esto no es ira, sino lamentable curación. Exterminamos a los
perros hidrófobos; matamos a los toros salvajes e indomables; degollamos las
ovejas enfermas, por temor de que infesten el rebaño; asfixiamos los fetos
monstruosos, y hasta ahogamos los niños si son débiles y deformes. No es
ira, sino razón, separar las partes sanas de las que pueden corromperlas.
Nada sienta peor al que castiga que la ira, porque el castigo no es eficaz
para corregir sino en cuanto se le ordena con juicio. Por esta razón dice
Sócrates a su esclavo: «Te azotaría si no estuviese encolerizado. Dejaba
para momento más tranquilo la corrección del esclavo y al mismo tiempo se
corregía a sí mismo. ¿En quién será moderada la pasión, cuando Sócrates no
se atreve a entregarse a su ira? Luego para corregir el error y el crimen no
se necesita juez irritado, porque siendo la ira delito del alma, no conviene
que el delincuente castigue al delincuente.
XVI. «¡Cómo! ¿No me irritaré contra el ladrón?
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¿No me irritaré contra el envenenador? No. No me irrito contra mí mismo
cuando me extraigo sangre. Aplico todo castigo como un remedio. Tú no has
dado más que los primeros pasos en el camino del error; tus caídas no son
graves, pero si frecuentes. Procurará corregirte con reprensiones, primero
privadamente, después en público. Tú has avanzado demasiado para que puedan
curarte las palabras; te retendrá la ignominia. Tú necesitas algo más para
sentir la impresión; se te mandará desterrado a regiones desconocidas. Tu
maldad es enorme y necesitas remedios más violentos. Las cadenas públicas y
la prisión te esperan. Tu alma es incurable y tu vida un tejido de crímenes;
tú no necesitas ya que te solicite la ocasión, que nunca falta a los
malvados, sino que para hacer el mal no necesitas otra ocasión que el mal.
Tú has agotado la iniquidad, y de tal manera ha penetrado en tus entrañas,
que solamente puede desaparecer con ellas. Desgraciado, hace mucho tiempo
que buscas la muerte: vamos a merecer tu agradecimiento; te arrancaremos al
vértigo que te domina y después de una vida desastrosa para el bien ajeno y
para el tuyo, te mostraremos el único bien que te queda, la muerte. ¿Por qué
he de irritarme contra aquel a quien tan provechoso soy? En algunos casos,
la mayor prueba de compasión es matar. Si, como médico experimentado y
hábil, entrase en una enfermería o en la casa de un rico, no ordenaría el
mismo tratamiento a todos los enfermos atacados de diferentes dolencias. Me
llaman para la curación de un pueblo, y en tantos ánimos diferentes veo
diferentes
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