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X. Líbrese la virtud de la desgracia de ver alguna vez a la razón
recurrir a los vicios. Con ellos no puede conseguir el ánimo reposo
duradero; necesariamente le agitarán y atormentarán: si no tiene otro
impulso que estos males, si solamente a la ira debe su valor, a la avidez su
actividad, su reposo al temor, vivirá en la tiranía y será esclavo de cada
pasión. ¿No avergüenza poner las virtudes bajo el patronato de los vicios?
La fuerza de la razón cesa desde el momento en que nada puede sin las
pasiones y se hace igual a ellas. Porque ¿qué diferencia media entre la una
y las otras, si la pasión es ciega sin la razón y la razón impotente sin la
pasión? Igualdad hay en cuanto la una no puede existir sin la otra. Ahora
bien: ¿cómo consentir que la pasión se coloque en el mismo rango que la
razón? «La ira, dices, es útil si es moderada. Antes debes decir si por su
propia naturaleza es útil, pero si es rebelde a la autoridad y a la razón,
lo único que se consigue moderándola es que cuanto menos poderosa sea,
perjudique menos. Luego una pasión moderada no es otra cosa que un mal
moderado.
XI. «Pero contra los enemigos, dicen, la ira es necesaria. Nunca lo
es menos: en la guerra no deben ser los movimientos desordenados, sino
arreglados y dóciles. ¿Qué otra cosa hizo a los Bárbaros inferiores a
nosotros, cuando tienen cuerpos más robustos, más fuertes y endurecidos en
los trabajos, sino es la ira, perjudicial siempre por sí misma? Al gladiador
también lo protege el arte, y le expone la ira. Además, ¿cómo
necesitar la ira cuando la razón
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consigue el mismo objeto? ¿Crees, acaso, que el cazador monta en ira contra
las fieras? Espéralas cuando le acometen, las persigue en su fuga, y la
razón hace todo esto en calma. ¿A qué se debe que tantos millares de
Cimbrios y de Teutones desparramados por los Alpes, fuesen destruidos por
tal matanza que, no quedando mensajero, la fama sola llevé a su país la
nueva de tan inmensa derrota, sino a que la ira reemplazaba en ellos al
valor? Si algunas veces derriba y destruye todos los obstáculos,
frecuentemente también se pierde a sí misma. ¿Quiénes más animosos que los
Germanos? ¿Quiénes más impetuosos en el ataque? ¿Quiénes más apasionados por
las armas, en medio de las que nacen y crecen, formando su principal
cuidado, mostrándose indiferentes para todo lo demás? ¿Quiénes más
endurecidos en los sufrimientos, cuando la mayor parte de ellos ni siquiera
piensan en cubrir sus cuerpos ni abrigarlos contra los perpetuos rigores de
su clima? Y sin embargo, tales hombres quedan derrotados por los Españoles,
por los Galos, por las endebles tropas del Asia y de la Siberia antes de que
se presente una legión romana; porque nada hay como la ira para favorecer
las derrotas. La razón da disciplina a esos cuerpos, a esas almas que
ignoran las delicias, el lujo y las riquezas: para no decir nada excesivo,
necesario será que nos fijemos en las antiguas costumbres romanas. ¿Por qué
medio reanima Fabiano las extenuadas fuerzas del Imperio? Supo
contemporizar, esperar, tener paciencia, cosas todas que no puede hacer el
iracundo. El Imperio perecía, encontrándose ya en la
pendiente del
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