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aquél añade a la muerte del criminal la infamia y la publicidad; y no es que
se complazca en el castigo (el sabio está muy lejos de tan inhumana
crueldad), sino que su objeto es ofrecer enseñanza a todos, para que
aquellos que en vida rehusaron ser útiles a la república, lo sean al menos
con su muerte. El hombre no es, pues, ávido de venganza por naturaleza, y,
por consiguiente, si la ira es ávida de venganza, dedúcese que no está
conforme con la naturaleza del hombre. Aducirá el argumento de Platón,
porque ¿quién puede prohibirnos que tomemos de los ajenos aquello que está
conforme con lo nuestro? «El varón bueno, dice, no daña a nadie: es así que
la venganza daña; luego la venganza no conviene al varón bueno, como tampoco
la ira, porque la venganza conviene con ella. Si el varón bueno no goza en
la venganza, tampoco se complacerá en un sentimiento cuyo goce es la
venganza; luego la cólera no es natural.
VII. Aunque la ira no sea natural, ¿se deberá acoger en razón a que
muchas veces ha sido útil? Exalta y levanta el ánimo, y en la guerra nada
grande hace sin ella el valor, si no toma algo de su fuego, si no le
arrastra ese impulso que lanza al audaz en medio de los peligros. Por esta
razón creen algunos que es bueno moderar la ira, pero no extinguirla por
completo; cercenar lo que tiene de excesivo, para encerrarla en proporción
saludable; retener especialmente la energía, sin la cual toda acción sería
lánguida, extinguiéndose todo vigor y toda fuerza de ánimo. En primer lugar,
más fácil es excluir lo pernicioso que gobernarlo, no admitirlo que
ordenarlo
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después de admitido. En cuanto toma posesión, es más fuerte que la templanza
y no soporta freno ni restricciones. Además, la razón misma, a la que se
confían las riendas, no tiene fuerza sino mientras permanece separada de las
pasiones; si se mezcla a ellas, si se contamina con su contacto, no puede
reprimir ya lo que hubiese podido arrojar. Conmovida una vez el alma y fuera
de su asiento, obedece a la mano que la impulsa. Existen ciertas cosas que
en su principio dependen de nosotros; cuando avanzan, nos arrastran por sus
propias fuerzas y no permiten retroceso. El que se lanza a un precipicio no
es dueño de sí mismo, no puede impedir ni detener su caída, irrevocable
impulso destruye toda voluntad y arrepenti-miento, y no puede dejar de
llegar allá donde hubiese podido no ir; de la misma manera el ánimo que se
ha abandonado a la ira, al amor y a las demás pasiones, no puede contener ya
su impulso, necesario es que se vea arrastrado hasta el fin y precipitado
con todo su peso por la rápida pendiente del vicio.
VIII. Lo mejor es rechazar desde luego los primeros impulsos de la
ira, sofocarla en su raíz y procurar no caer en su dominio. Porque si le
presentamos el lado débil, es difícil librarse de ella por la retirada,
porque es cierto que no queda ya razón cuando damos entrada a la pasión
permitiéndole algún derecho por nuestra propia voluntad. La pasión hará en
seguida cuanto quiera, no limitándose a aquello que se le permita. Ante
todo, repito, debe arrojarse al enemigo desde la plaza; cuando ha penetrado,
cuando ha forzado las puertas, no recibe
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