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formas distintas de este móvil vicio.
V. Hemos investigado qué sea la ira, si es propia de algún animal
además del hombre, en qué se diferencia de la irascibilidad y cuáles sean
sus formas: averigüemos ahora si está conforme con la naturaleza, si es
útil, si bajo algún aspecto deba mantenerse. Claramente se ve si está
conforme con la naturaleza, considerando al hombre. ¿Qué hay más dulce que
él mientras persevera en el hábito ordinario de su espíritu? ¿Qué cosa más
cruel que la ira? ¿Qué ser más amante que el hombre? ¿Qué hay más repugnante
que la ira? El hombre ha nacido para ayudar al hombre; la ira para la
destrucción común. El hombre busca la sociedad, la ira el aislamiento; el
hombre quiere ser útil, la ira quiere dañar; el hombre socorre hasta a los
desconocidos, la ira hiere hasta a los amigos más íntimos; el hombre está
dispuesto a sacrificarse por los intereses ajenos, la ira se precipita en el
peligro con tal de arrastrar consigo a otro. Ahora bien: ¿podrá desconocerse
más la naturaleza que atribuyendo a su obra mejor, a la más perfecta, este
vicio tan feroz y funesto? La ira, como hemos dicho, es ávida de venganza, y
no está conforme con la naturaleza del hombre que tal deseo penetre en su
tranquilo pecho. La vida humana descansa en los beneficios y la concordia; y
no el terror, sino el amor mutuo estrecha la alianza de los comunes
auxilios.-¡Cómo! ¿el castigo no es a veces una necesidad? -Ciertamente, pero
debe ser justo y razonado; porque no daña, sino que cura aparentando dañar.
De la misma manera que pasamos por el fuego, para enderezar los,
ciertos
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maderos torcidos, y los comprimimos por medio de cuñas, no
para romperlos, sino para estirarlos; así también corregimos por medio de
las penas del cuerpo y del espíritu los caracteres viciados. En las
enfermedades del espíritu leves, el médico ensaya ante todo ligeras
variaciones en el régimen ordinario, regula el orden de comidas, de bebidas,
de ejercicios, y procura robustecer la salud cambiando solamente la manera
de vivir; en seguida observa la eficacia del régimen, y si no responde
suprime o cercena algo; si tampoco produce esto resultados, prohíbe toda
comida y alivia al cuerpo con la dieta; si todos estos cuidados son
inútiles, hiere la vena y pone mano en los miembros que podrían corromper
las partes inmediatas y propagar el contagio: ningún tratamiento parece duro
si el resultado es saludable. Así también, el depositario de las leyes, el
jefe de una ciudad, deber? por cuanto tiempo pueda, no emplear en el
tratamiento de los espíritus otra cosa que palabras, y éstas blandas, que
les persuadan de sus deberes, ganen los corazones al amor de lo justo y de
lo honesto, y les hagan comprender el horror al vicio y el valor de la
virtud; en seguida empleará lenguaje más severo, que sea advertencia y
reprensión; después acudiría los castigos, pero éstos leves y revocables, no
aplicando los últimos suplicios más que a los crímenes enormes, con objeto
de que nadie muera sino aquel que, muriendo, tiene interés en morir.
VI. La única diferencia que media entre el magistrado y el médico
consiste en que éste, cuando no puede dar la vida, procura dulcificar
la muerte, y
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