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sin idea de castigar o de causarlo, porque aunque lo causen, no lo meditan. Pero debemos contestar que los animales carecen de ira, como todo aquello que no es hombre; porque, si bien enemiga de la razón, solamente se desarrolla en el ser capaz de razón. Los animales sienten violencia, rabia, ferocidad, arrebato, pero no conocen más la ira que la lujuria, aunque para algunas voluptuosidades sean más intemperantes que nosotros. No debes creer aquel que dijo:

                Non aper irasci meminit, non fidere cursu

          Cerva, nec armentis incurrere fortibus ursi;

 

Porque cuando dice encolerizarse, entiende excitarse, lanzarse, pues no saben mejor encolerizarse que perdonar. Los animales son extraños a las pasiones humanas, experimentando solamente impulsos que se les parecen No siendo así si comprendiesen el amor, sentirían odios; si conociesen la amistad, tendrían enemistad; si entre ellos hubiese discusión, habría concordia; de todo esto presentan algunas señales, pero el bien y el mal son propios del corazón humano. A nadie más que al hombre se concedieron la previsión, observación, pensamiento; y no solamente sus virtudes, sino que también sus vicios están prohibidos a los animales. Su interior, como su conformación exterior, se diferencia del hombre. Verdad es que tienen esta facultad soberana, este principio motor, llamado de otra manera, como tienen una voz, pero inarticulada, confusa e impropia para formar palabras; como tienen una lengua, pero encadenada  y  no  libre  para  moverse  en  todos

sentidos: así también el principio motor tiene poca delicadeza y desarrollo. Percibe, pues, la imagen y forma de las cosas que le llevan al movimiento, pero la percepción es oscura y confusa. De aquella violencia de sus arrebatos y trasportes; pero no existe en ellos temor ni solicitud, tristeza ni ira, sino algo parecido a tales pasiones. Por esta razón sus impresiones desaparecen muy pronto dejando lugar a las contrarias, y después de los furores más violentos y de los terrores más profundos, pastan tranquilamente, y a los estremecimientos y arrebatos más desordenados suceden en el acto la quietud y el sueño.

 

        IV. Suficientemente explicado está qué es la ira; claramente se ve en qué se diferencia de la irritabilidad; en lo mismo que la embriaguez se diferencia de la borrachez y el miedo de la timidez. El encolerizado puede no ser iracundo, y el iracundo puede algunas veces no estar encolerizado. Omitirá los términos con que designan los Griegos varias especies de ira, porque no tienen equivalencia entre nosotros; a pesar de que decirnos carácter agrio, acerbo, como también inflamable, arrebatado, gritón, áspero, difícil; pero todos ellos solamente son diferencias de la ira. Entre todos éstos puedes colocar el moroso, refinado género de ira. Iras hay que se disipan con gritos; otras tan tenaces como frecuentes; algunas prontas a la violencia y avaras de palabras; éstas prorrumpen en injurias y amargas invectivas; aquéllas no pasan de la queja y aversión; otras  son  graves  y  reconcentradas,  existiendo mil

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