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II. Si quieres considerar ahora sus efectos y estragos, verás que
ninguna calamidad costó más al género humano. Verás los asesinatos,
envenenamientos, las mutuas acusaciones de cómplices, la desolación de
ciudades, las ruinas de naciones enteras, las cabezas de sus jefes vendidas
al mejor postor, las antorchas incendiarias aplicadas a las casas, las
llamas franqueando los recintos amurallados y en vastas extensiones de país
brillando las hogueras enemigas. Considera aquellas insignes ciudades cuyo
asiento apenas se reconoce hoy: la ira las destruyó contempla esas inmensas
soledades deshabitadas; la ira formó esos desiertos. Considera tantos
varones eminentes trasmitidos a nuestra memoria «como ejemplos del hado
fatal? la ira hiere a uno en su lecho, a otro en el sagrado del banquete;
inmola a éste delante de las leyes en medio del espectáculo del foro, obliga
a aquél a dar su sangre a un hijo parricida; a un rey a presentar la
garganta al puñal de un esclavo, a aquel otro a extender los brazos en una
cruz. Y hasta ahora solamente he hablado de víctimas aisladas; ¿qué será si
omitiendo aquellos contra quienes se ha desencadenado particularmente la
ira, fijas la vista en asambleas destruidas por el hierro, en todo un pueblo
entregado en conjunto a la espada del soldado, en naciones enteras
confundidas en la misma ruina, entregadas a la misma muerte... como habiendo
abandonado todo cuidado propio o despreciado la autoridad? ¿Por qué se
irrita tan injustamente el pueblo contra los gladiadores si no mueren en
graciosa actitud? considerase despreciado, y por sus
gestos y
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violencias, de espectador se trueca en enemigo. Este sentimiento, sea el que
quiera, no es ciertamente ira, sino cuasi ira; es el de los niños que,
cuando caen, quieren que se azote al suelo, y frecuentemente no saben contra
quién se irritan: irrítanse sin razón ni ofensa, pero no sin apariencia de
ella ni sin deseo de castigar. Engáñanles golpes fingidos, ruegos y lágrimas
simuladas les calman, y la falsa ofensa desaparece ante falsa venganza.
III. «Nos irritamos con frecuencia, dicen algunos, no contra los que
ofenden, sino contra los que han de ofender, lo cual demuestra que la ira no
brota solamente de la ofensa? Verdad es que nos irritamos contra los que han
de ofendernos; pero nos ofenden con sus mismos pensamientos, y el que medita
una ofensa, ya la ha comenzado. «Para que te convenzas, dicen, de que la ira
no consiste en el deseo de castigar, considera cuántas veces se irritan los
más débiles contra los más poderosos: ahora bien, éstos no desean un castigo
que no pueden esperar. En primer lugar, hemos dicho que la ira es el deseo y
no la facultad de castigar, y los hombres desean también aquello que no
pueden conseguir. Además, nadie es tan humilde que no pueda esperar vengarse
hasta del más encumbrado: para hacer daño somos muy poderosos. La definición
de Aristóteles no se separa mucho de la nuestra, porque dice que la ira es
el deseo de devolver el daño. Largo sería examinar detalladamente en qué se
diferencia esta definición de la nuestra. Objetase contra las dos que los
animales sienten la ira y esto sin recibir daño,
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