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De la ira
Lucio Anneo Séneca
Libro primero
Me exigiste, caro Novato, que te escribiese acerca de la manera de dominar
la ira, y creo que, no sin causa, temes muy principalmente a esta pasión,
que es la más sombría y desenfrenada de todas. Las otras tienen sin duda
algo de quietas y plácidas; pero esta es toda agitación, desenfreno en el
resentimiento, sed de guerra, de sangre, de suplicios, arrebato de furores
sobrehumanos, olvidándose de sí misma con tal de dañar a los demás,
lanzándose en medio de las espadas, y ávida de venganzas que a su vez traen
un vengador. Por esta razón algunos varones sabios definieron la ira
llamándola locura breve; porque, impotente como aquélla para dominarse,
olvida toda conveniencia, desconoce todo afecto, es obstinada y terca en lo
que se propone, sorda a los consejos de la razón, agitándose por causas
vanas, inhábil para distinguir lo justo y verdadero, pareciéndose a esas
ruinas que se rompen sobra aquello mismo que aplastan. Para que te convenzas
de que no existe razón en aquellos a quienes domina la ira, observa sus
actitudes. Porque así como la locura tiene sus señales ciertas, frente
triste, andar precipitado, manos convulsas, tez cambiante, respiración
anhelosa y entrecortada, así |
también presenta estas señales el hombre iracundo. Inflámense sus ojos y
centellean; intenso color rojo cubre su semblante, hierve la sangre en las
cavidades de su corazón, tiémblenle los labios, aprieta los dientes, el
cabello se levanta y eriza, su respiración es corta y ruidosa, sus
coyunturas crujen y se retuercen, gime y ruge; su palabra es torpe y
entrecortada, chocan frecuentemente sus manos, sus pies golpean el suelo,
agitase todo su cuerpo, y cada gesto es una amenaza: así se nos presente
aquel a quien hincha y descompone la ira. Imposible saber si este vicio es
más detestable que deforme. Pueden ocultarse los demás, alimentarles en
secreto; pero la ira se revela en el semblante, y cuanto mayor es, mejor se
manifiesta. ¿No ves en todos los animales señales precursoras cuando se
aprestan al combate, abandonando todos los miembros la calma de su actitud
ordinaria, y exaltándose su ferocidad? El jabalí lanza espuma y aguza contra
los troncos sus colmillos; el toro da cornadas al aire, y levanta arena con
los pies; ruge el león; hinchase el cuello de la serpiente irritada, y el
perro atacado de rabia tiene siniestro aspecto. No hay animal, por terrible
y dañino que sea, que no muestre, cuando le domina la ira, mayor ferocidad.
No ignoro que existen otras pasiones difíciles de ocultar: la incontinencia,
el miedo, la audacia tienen sus señales propias y pueden conocerse de
antemano; porque no existe ningún pensamiento interior algo violento que no
altere de algún modo el semblante. ¿En quise diferencia, pues, la ira de
estas otras pasiones? En que éstas se muestran y aquélla centellea. |
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