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orden; cuando alguno, hábil en cortarse los músculos, se ensangrienta los brazos y los hombros con mano indecisa; cuando otra aúlla, arrastrándose de rodillas por la calle, y un viejo vestido de lienzo, con un laurel y una linterna en pleno día, vocifera que alguno de los dioses está airado, acudís y escucháis y, fomentando mutuamente vuestro estupor, afirmáis que está inspirado. Pues bien, Sócrates, desde aquella prisión que purificó al entrar en ella e hizo más honrosa que cualquier curia, proclama: “¿Qué locura es ésta, qué carácter enemigo de los dioses y de los hombres es el que infama las virtudes y profana con palabras malévolas las cosas santas? Si podéis, alabad a los buenos; si no, seguid vuestro camino. Y si os gusta ejercitar esa innoble licencia, atacaos unos a otros; pues cuando deliráis contra el cielo, no os digo: cometéis un sacrilegio, sino: perdéis el tiempo. Yo di en otro tiempo a Aristófanes materia de burlas: todo aquel hatajo de poetas cómicos derramó sobre mí sus bromas envenenadas. Mi virtud fue realzada por las mismas cosas con que se la atacaba; le conviene ser mostrada y puesta a prueba; nadie comprende lo grande que es mejor que los que han sentido sus fuerzas al combatirla: nadie conoce mejor la dureza del pedernal que los que lo golpean. Me muestro como una roca aislada en medio de un mar agitado, que las olas no dejan de azotar, por cualquier lado que se muevan; no por ello la conmueven ni la desgastan con tantos siglos de continuos embates. Asaltad, acometed: os venceré resistiendo. Todo lo que embiste contra las cosas que son firmes e invencibles, ejercita su fuerza en su propio daño. Por tanto, buscad alguna materia blanda y sin consistencia en que se claven vuestros dardos. ¿Tenéis tiempo para indagar los males ajenos e indagar a todo el mundo? ¿Por

qué este filósofo vive con tanta amplitud, por qué cena ese con tanta esplendidez? Observáis las pupas ajenas, y estáis llenos de úlceras. Es como si alguien se burlara de las manchas o verrugas de cuerpos hermosísimos, mientras lo devora una horrible lepra. Reprochad a Platón haber buscado el dinero; a Aristóteles, haberlo recibido; a Demócrito, haberlo descuidado; a Epicuro, haberlo consumido; a mí mismo reprochadme Alcibíades y Fedro. ¡Vosotros seréis bien felices la primera vez que podáis imitar nuestros vicios! ¿Por qué no contempláis mejor vuestros males, que os acribillan por todas partes, unos atacando desde fuera, otros ardiendo en vuestras mismas entrañas? Los asuntos humanos no están en tal situación, aunque conozcáis poco vuestro estado, que os sobre tanto ocio como para mover la lengua en detrimento de los mejores.

 

Capítulo 28

La amenaza prevista

 

No comprendéis esto, y tenéis un aspecto impropio de vuestra situación, como muchos que están en el circo o en el teatro mientras ha ocurrido una desgracia en su casa y aún no les han avisado el mal. Pero yo, que miro desde lo alto, veo qué tempestades os amenazan para estallar poco más tarde, o ya próximas para arrebatarnos, a vosotros y vuestros bienes, se acercan cada vez más. ¿Qué digo? ¿Acaso ahora mismo, aunque apenas lo sintáis, no agita y revuelve el torbellino vuestras almas, que rehuyen y buscan las mismas cosas y tan pronto las eleva a lo más alto como las arrastra a los más hondos abismos?

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