aun no permitió la enojada fortuna que acabasen de una misma caída? Vivió
Sexto Pompeyo, quedando viva su hermana, y con la muerte de ella se
desataron los lazos de la paz romana, que estaba bien unida. Asimismo
volvió después de muerto su buen hermano, a quien había levantado la
fortuna para sólo derribarle de no menor altura de la que había derribado a
su padre. Y con todo eso, después de estos sucesos, no sólo resistió al
dolor, sino también a las guerras. Innumerables ejemplos socorren de todas
partes de hermanos a quien dividió la muerte; antes apenas se han visto
algunos pares que hayan llegado juntos a la vejez. Pero quiero contentarme
con los ejemplos de mi casa, pues ninguno habrá tan falto de sentido y de
entendimiento, que se queje de que la fortuna le acarreó lágrimas, si
considerare que no ha reservado de ellas a César. El divo Augusto perdió a
Octavia, su carísima hermana, y no le eximió la naturaleza de la necesidad
de llorar, y la que le crió para el cielo no le privilegió en las lágrimas;
antes estando afligido con todo género de muertes, perdió también el hijo
de su hermana que estaba destinado para sucederle. Finalmente, para no
contar todos sus llantos, perdió yernos, hijos y nietos; y ninguno de los
mortales, mientras vivió entre los hombres, conoció más el serlo que él. Con
todo eso, aquel su pecho, capacísimo de todas las cosas, aunque comenzó
tantos y tan grandes lamentos, fue no sólo vencedor de las naciones, sino
también de los dolores. Cayo César, nieto del divo Augusto, mi abuelo, en
los primeros años de su mocedad, siendo príncipe de la juventud, perdió a
su carísimo hermano Lucio, que era asimismo príncipe de la juventud en la
prevención de la guerra pártica; siendo para él mayor esta
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herida del ánimo que la que después recibió en el cuerpo, habiendo sufrido
entrambos golpes con virtud y fortaleza. César, mi tío, entre los abrazos y
besos perdió a Druso Germánico, mi padre, hermano menor suyo, cuando estaba
abriendo lo más cerrado de Alemania, sujetando al Imperio romano aquellas
ferocísimas gentes. Pero no sólo puso término a sus lágrimas, sino a las de
los otros y a todo el ejército, que no sólo estaba triste, sino atónito; y
cuando pedía para sí el cuerpo de su Druso, le redujo a que el llanto
fuese conforme a la costumbre romana, juzgando que no sólo convenía guardar
la disciplina en el militar, sino también en el llorar. No pudiera
enfrenar las lágrimas de los otros, si primero no hubiera reprimido las
suyas.»
Capítulo XXXV
«Marco Antonio, mi abuelo, a nadie inferior, sino a aquel de quien fue
vencido, oyó la muerte de un hermano en la sazón que, adornado con la
potestad triunviral y sin reconocer cosa que le fuese superior, excepto los
dos compañeros, teniendo por inferiores a todos los demás, estaba formando
la república. (¡Oh desenfrenada fortuna, que de los humanos males haces
deleites para ti!) Al tiempo que Marco Antonio era árbitro de la vida o
muerte de sus ciudadanos, en ese mismo tiempo fue llevado un hermana suyo
al suplicio, y sufrió esta tan grave herida con la misma grandeza de ánimo
con que había sufrido otras adversidades, y sus llantos fueron hacer las
exequias a su hermano con la sangre de veinte legiones. Pero dejando muchos
ejemplos y callando en mí otros entierros, la fortuna me ha acometido
dos veces con muertes de dos
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