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hermanos, y entrambas ha conocido que, aunque ha podido ofenderme, no ha
podido vencerme. Perdí a mi hermano Germánico, a quien amaba como podrá
entender el que supiere cómo se aman los buenos hermanos. Pero de tal modo
gobernó los afectos, que ni dejé de hacer cosa de las que deben hacer los
buenos hermanos, ni hice alguna que fuese reprensible en un príncipe.»
Advierte, Polibio, que el padre de todos es el que te ha referido estos
ejemplos, y que él mismo te ha mostrado que para la fortuna no hay cosa
sagrada ni reservada, pues se atrevió a sacar entierros de la familia de
donde había de sacar dioses. Así, que nadie se admire de lo que le ve hacer
inicua y cruelmente. ¿Podrá, por ventura, esperarse que tenga alguna piedad
y modestia con las casas particulares aquella cuya crueldad ensució con
muertes los tálamos imperiales? Aunque más injurias le digamos, no sólo con
nuestras lenguas, sino con las de todos, no por eso se muda; antes con las
quejas y con los ruegos se engríe. Esto ha sido la fortuna en las cosas
humanas, y esto será siempre. Ninguna cosa ha dejado intacta y ninguna
dejará; irá siempre más violenta en todas las cosas, atreviéndose, como lo
tiene de costumbre, a entrar con injuria en aquellas casas a que se entra
por los templos, vistiendo de luto las puertas laureadas.
Capítulo XXXVI
Esto sólo alcancemos de ella con votos y plegarias públicas: que si no
tiene hecha resolución de destruir el linaje humano, y si todavía mira con
ojos propicios el nombre romano, se complazca de tener a este príncipe por
sacrosanto, como todos los mortales le tienen, por ser dado para el
reparo de las cosas humanas, que
tan caídas
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estaban. Aprende de este piadosísimo príncipe la clemencia y la suavidad.
Debes, pues, poner los ojos en todos aquellos que están referidos, que o
están ya en el cielo, o cercanos a entrar en él; y con esto podrás sufrir
con igualdad de ánimo las injurias de la fortuna que alarga hacia ti sus
manos, pues no las aparta de aquellos por quien juramos. Debes imitar la
firmeza de César en sufrir y vencer los dolores, caminando (en cuanto es
lícito a los hombres) por las huellas divinas. Aunque hay en otras cosas
gran diferencia de dignidades, la virtud siempre está en medio, sin desdeñar
a ninguno de los que se juzgan dignos de ella. Irás bien si imitares a los
que, pudiendo indignarse de no verse exentos de este mal, no tuvieron por
injuria, sino por derecho de mortalidad, el ser iguales a los demás hombres,
y llevaron los sucesos no con demasiada aspereza y enojo, ni baja ni
afeminadamente. «El no sentir los males no es de hombres, y el no sufrirlos
no es de varones.» Habiendo referido todos los Césares a quien la fortuna
quitó hermanos y hermanas, no puedo pasar en silencio al que debiera
ser repelido del número de los Césares, por haberle criado la naturaleza
para acabamiento y afrenta del linaje humano; aquel que dejó el Imperio de
todo punto perdido para que le recrease la clemencia de nuestro
piadosísimo príncipe. Habiéndosele muerto a Cayo César su hermana Drusila,
debiendo por su muerte tener antes gozo que dolor, huyó de la vista y trato
de sus ciudadanos, y no se halló en las exequias de su hermana ni pagó
las obligaciones, antes se fue a su Albano. ¿Aligeró, por ventura, el dolor
de la acerbísima muerte asistiendo al tribunal, oyendo a los abogados, o
con otros negocios de este género? ¡Oh afrenta del Imperio, que en la
muerte de una hermana hayan sido los dados el consuelo de ánimo de un
príncipe romano! Este mismo Cayo con la loca
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