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quisiere se juzgue mi causa, que  su justicia la aclarará por buena, o su clemencia hará que lo sea. Por igual beneficio reconoceré el enterarse de que estoy inocente, o el declarar que lo soy. En el ínterin, es gran consuelo de mis trabajos el ver que anda esparcida por todo el orbe su clemencia; de la cual, cuando del rincón donde estoy encerrado sacare a muchos a quien derribó la ruina de los tiempos, no recelo me deje a mí solo. Él conoce la sazón en que debe socorrer a cada uno, y yo procuraré que no se arrepienta de que llegue a mí su favor. ¡Oh felicidad!, pues tu clemencia, César, hace que los desterrados de tu tiempo tengan más quietud de la que en el imperio de Cayo tuvieron los príncipes. No viven con temor ni esperanza de ver cada hora el cuchillo, ni se atemorizan con la venida de cualquier bajel. En ti conciben así el temperamento de la airada fortuna, como la esperanza de su mejoría y la quietud de la presente. Ten por cierto que son justísimos  aquellos rayos que aun los heridos los veneran.

 

 

Capítulo XXXIII

 

O yo me engaño, o ese príncipe, que es consuelo de todos los hombres,  habrá recreado tu ánimo, aplicando remedios eficaces a tan fuerte herida,  y que de todas maneras te habrá alentado, y que con su tenacísima memoria  te habrá referido todos los ejemplos con que recobres la igualdad del  ánimo, y que con su acostumbrada elocuencia te ha representado los  preceptos de todos los sabios. Así que ninguno mejor que él podrá tomar a  su cargo el persuadirte. Las razones que por él fueren dichas tendrán  diferente peso, y como salidas de un oráculo deshará a su

divina autoridad  la fuerza de tu dolor. Imagino que te dice: «No eres tú solo a quien la  fortuna ha cogido para hacerle tan grande injuria. Ninguna casa ha habido  ni hay sin algunas lágrimas. Dejaré los ejemplos vulgares, que aunque son  menores, son admirables. Quiero llevarte a los fastos y anales públicos.  ¿Ves todas estas imágenes que adornan el palacio de César? Ninguna de  ellas fue insigne sin alguna descomodidad de los suyos. Ninguno de estos  varones que resplandecieron para ornato de los siglos, dejó de ser  afligido con muertes de sus deudos, o su muerte causó aflicción de ánimo a  los suyos. ¿Para qué te he de referir a Escipión Africano, a quien llegó  la nueva muerte de su hermano estando en destierro? Éste, que le libró de  la cárcel, no le pudo librar del hado, siendo a todos manifiesto cuán  impaciente fue el amor de Africano, pues sin sufrir la común ley, el mismo  día que quitó a su hermano de las manos de los alguaciles se opuso, siendo  persona particular, a la autoridad del tribunal del pueblo. Éste, pues,  llevó la muerte de su hermano con el mismo valor con que le había  defendido. ¿Para qué te he de referir a Esmiliano Escipión, que vio casi en un mismo tiempo el triunfo de su padre y el entierro de dos hermanos, y con ser mancebo, y en edad pueril, sufrió aquella repentina calamidad de su casa que cayó sobre el triunfo de Paulo, llevándola con tan grande ánimo como convenía a un varón que había nacido para que ni faltase a Roma  un Escipión ni quedase en pie Cartago?»

 

Capítulo XXXIV

 

«¿Para qué te he de referir la concordia de los dos Lúculos rompida  con la muerte?  ¿Para  qué  los Pompeyos, a quien

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