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posible que un ánimo tan frágil haya concebido cosas tan grandes y tan
sólidas? Pasa la vista de estas cosas que te atormentan a las muchas que te
consuelan, pon los ojos en tan buenos hermanos, ponlos en tu mujer y en tu
hijo. Por la salud de todos éstos se convino contigo la fortuna con esta
porción: muchos te quedan con que aquietarte.
Capítulo XXXI
Líbrate de esta nota, porque no entiendan todos que tiene en ti mayor
fuerza un dolor que tantos consuelos. Ya ves que todos éstos están heridos
juntamente contigo, y que no pueden aliviarse, y que antes esperan que tú
los consueles; y así, cuanto menos hay en ellos de doctrina y de ingenio,
tanto más es necesario que tú resistas al común mal. Parte de consuelo es
dividir el dolor entre muchos, porque con esto será pequeña la parte que en
ti haga asiento. No dejaré de traerte muchas veces a la memoria a César,
porque gobernando el orbe y mostrando cuán más seguramente se guarda el
Imperio con beneficios que con armas, y presidiendo él a las cosas humanas,
no hay peligro de que sientas haber hecho pérdida alguna. Éste sólo te es
suficiente amparo y consuelo. Esfuérzate, y todas las veces que las
lágrimas se te vinieren a los ojos, ponlos en César; enjugaranse con la
vista de aquella grande y clarísima majestad. Su resplandor los atraerá a
que no puedan mirar a otra cosa, y los detendrá fijados en él. En éste, en
quien pones tú la vista de día y de noche y nunca apartas de tu ánimo, has
de poner el pensamiento, llamándole contra la fortuna; y no dudo, según es
su mansedumbre y liberalidad para con todos sus allegados, que habrá ya
curado esta tu herida con muchos consuelos,
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y que te habrá dado alguno que haya puesto estanco a tu dolor. ¿Cómo no ha
de haberlo hecho? ¿Por ventura el mismo César, mirando solamente o
imaginado, no te basta para gran consuelo? Los dioses y las diosas lo
prestan por muchos días a la Tierra. Exceda los hechos y los años del
divino Augusto; pero hagan de modo que el tiempo que fuere mortal no vea en
su casa cosa mortal, y que con larga fe apruebe a su hijo para gobernador
del Imperio romano, teniéndole antes por compañero que por sucesor. Sea muy
tardío, y en tiempo de nuestros nietos, el día en que su gente le celebre
en el cielo.
Capítulo XXXII
Aparta, oh fortuna, tus manos de este varón, y no muestres en él tu potencia
sino es por la parte que le has de ser provechosa. Permite que él remedie al
género humano, que ha mucho tiempo está enfermo y fatigado. Permite que éste
repare todo lo que la locura de su antecesor descompuso. Resplandezca
siempre esta estrella, que salió a dar luz al orbe cuando estaba despeñado
en el profundo y anegado en tinieblas. Pacifique éste a Germania, abra el
paso de Bretaña, y lleve juntos los triunfos de su padre y los suyos. Su
clemencia (que entre las demás virtudes suyas tiene el primer lugar) promete
que he de ser yo uno de los que los vean; porque no me derribó de tal manera
que deje de levantarme; antes debo decir que no me derribó, sino que,
estando impelido de la fortuna, me sostuvo; y yéndome a despeñar, usando él
de la moderación de mano divina, me depuso suavemente. Intercedió por mí al
Senado; y no sólo me dio la vida, sino que la pidió. Determine en la forma
que
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