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lo que es la naturaleza, que nunca se acuerda de su ser sino cuando la
amonestan. Alégrate, pues, de haber tenido un tan buen hermano, y da
gracias del usufructo que de él gozaste, aunque fue más breve de lo que
deseabas. Piensa que lo que tuviste fue para ti muy deleitable, y que lo
que perdiste era humano, porque no hay cosa menos congruente entre sí que
mostrar dolor del que un tal hermano te haya vivido poco, y no tener gozo
de que tuviste tal hermano. Dirásme: «así es, pero quitáronmele cuando no
lo pensaba». A cada uno engaña su credulidad, y el olvido de la muerte en
las cosas que ama. La naturaleza a ninguno prometió que haría gracia en la
necesidad del morir. «Cada día pasan por delante de nuestros ojos los
entierros de personas conocidas y no conocidas, y nosotros, divertidos en
otras cosas, llamamos repentino lo que toda la vida se nos están
intimando.» Según esto, no es culpable el rigor de los hados, sino la
malicia del humano entendimiento que, insaciable de todas las cosas, siente
salir de la posesión a que fue admitida por voluntad.
Capítulo XXX
¿Cuánto más justo fue aquel que, dándole nuevas de la muerte de su hijo,
pronunció una sentencia digna de un gran varón? «Cuando yo le engendré,
supe que había de morir.» Verdaderamente no te admirarás de que naciese de
éste el que había de tener valor para morir con fortaleza. No recibió la
muerte de su hijo como nueva embajada; porque morir el hombre, cuya vida no
es otra cosa que un viaje a la muerte, ¿qué tiene de nuevo? «Cuando yo le
engendré, supe que había de morir.» Después de esto añadió una cosa de
mayor ánimo y prudencia, diciendo:
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«Para esto le crié.» Todos nacemos para esto, y cualquiera que viene a la
vida está destinado a la muerte. Regocijémonos, pues, todos con lo que nos
da, y volvámoslo cuando nos lo piden. Los hados comprenderán a unos en un
tiempo y a otros en otro, pero a nadie dejarán libre. Esté prevenido el
ánimo y no tema; antes espere lo que es forzoso. ¿Para qué te he de referir
muchos capitanes y toda su generación, y otros varones insignes por sus
muchos consulados y triunfos que han acabado con inexorable suerte? Reinos
enteros con sus reyes, y pueblos con sus ciudadanos, pasaron su hado. Todos
y todas las cosas esperan el último día, aunque el fin de todas no es el
mismo. A uno desampara la vida en el medio curso, a otro en la misma
entrada, a otro fatigado en extrema esclavitud y deseoso de salir de ella
apenas le deja. Unos vamos en un tiempo y otros en otro, pero todos
caminamos a un lugar. No te sabré decir si es mayor necedad ignorar la ley
de la mortalidad, o mayor desvergüenza rehusarla. Ven acá, torna en tus
manos aquellas obras que están celebradas con mucho trabajo de tu ingenio;
los versos, digo, de los dos autores que de tal manera tradujiste, que
aunque no les quedó su composición les ha quedado su gracia; porque de tal
suerte los pasaste de una lengua en otra, que (siendo cosa tan dificultosa)
te siguieron en la ajena todas las virtudes. No hallarás en todos aquellos
escritos libro alguno que deje de darte muchos y variados ejemplos de la
humana variedad y de los inciertos sucesos y vanas lágrimas que, ya por
esta, ya por aquella causa, se derraman. Lee lo que con gallardo espíritu
en grandes cosas entonaste, y tendrás vergüenza de que con brevedad se haya
de acabar y caer de tan grande altura de estilo. No hagas de modo que los
que poco ha se admiraban de tus escritos pregunten: ¿cómo es
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