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memoria de que Vatinio, hombre nacido para risa y aborrecimiento, fue un
truhán, donairoso y decidor, y solía él decir mucho mal de sus pies, y de
su garganta llena de lamparones, con lo cual se libró de la fisga de sus
émulos, aunque tenía más que enfermedades; y entre otros, se escapó de los
donaires de Cicerón. Si aquél con la desvergüenza, y con los continuos
oprobios con que se habituó a no avergonzarse, pudo conseguirlo, ¿por qué
no lo ha de alcanzar el que con estudios nobles y con el adorno de la
sabiduría hubiere llegado a alguna perfección? Añade que es un cierto
género de venganza quitar al que quiso hacer la injuria el deleite de ella:
suelen los que las hacen decir: «Desdichado de mí, pienso que no lo
entendió»; porque el fruto de la injuria consiste en que se sienta y en la
indignación del ofendido; y demás de esto, no hayas miedo que falte otro
igual que te vengue.
Capítulo XVIII
Entre los muchos vicios de que abundaba Cayo César, era admirablemente
notado en ser insigne en picar a todos con alguna nota, siendo él materia
tan dispuesta para la risa; porque era tal su pálida fealdad, que daba
indicios de locura, teniendo los torcidos ojos escondidos debajo de la
arrugada frente, con grande deformidad de una cabeza calva destituida de
cabellos, y una cerviz llena de cerdas, las piernas muy flacas, con mala
hechura de pies; y con todas estas faltas sería proceder en infinito si
quisiese contar las cosas en que fue desvergonzado para sus padres y
abuelos y para todos estados; referiré sólo lo que fue causa de su muerte.
Tenía por íntimo amigo a Asiático Valerio, varón feroz y que apenas sabía
sufrir ajenos agravios. A éste, pues,
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le objetó en alta voz en un convite y una conversación pública, cuál era su
mujer en el acto venéreo. ¡Oh, santos dioses, que esto oiga un varón! ¡Y
que esto sepa un príncipe! ¡Y que llegase su licencia a tanto, que no digo
a un varón consular, no a un amigo, sino a cualquier marido, se atreviese
un príncipe a contar su adulterio y su fastidio! De Querea, tribuno de los
soldados, se decía que por ser el tono de la voz lánguido y débil, se hacía
sospechoso: a éste, siempre que pedía el nombre, se le daba Cayo, unas
veces el de Venus, y otras el de Príapo, notando de afeminado al que
manejaba las armas. Y esto lo decía andando él cargado de galas y joyas,
así en los vestidos como en el calzado. Forzóle con esto a disponer con el
hierro el no llegar más a pedirle el nombre. Éste fue el primero que
levantó la mano entre los conjurados; él le derribó de un golpe la media
cerviz, y luego llegaron infinitas espadas a vengar las públicas y
particulares injurias; pero el que primero mostró ser varón, fue el que no
se lo parecía. Y siendo Cayo tan amigo de decir injurias, era impaciente en
sufrirlas, juzgándolo todo por injuria. Enojóse con Herenio Macro, porque
saludándolo le llamó solamente Cayo. Y no se quedó sin castigo un soldado
aventajado porque le llamó Calígula: siendo éste el nombre que se le solía
llamar, por haber nacido en los ejércitos y ser alumno en las legiones. Y
él, que con este apellido se había hecho familiar a los soldados, puesto ya
en los coturnos de la grandeza, juzgaba por oprobio y afrenta que le
llamasen Calígula. Seános, pues, de consuelo cuando nuestra mansedumbre
dejare la venganza, que no faltará quien castigue al desvergonzado,
soberbio e injurioso: vicios que no se ejercitan en solo uno ni en sola una
afrenta. Pongamos los ojos en los ejemplos de aquellos cuya paciencia
alabamos, como fue Sócrates, que tomó en buena parte los
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