|
dicterios contra él esperados y publicados en las comedias: y se rió de
ellos, no menos que cuando su mujer Xantipa le roció con agua sucia, e
Iphicrates cuando se le objetó que su madre Tresa era bárbara respondió que
también la madre de los dioses era de Frigia.
Capítulo XIX
No hemos de venir a las manos, lejos hemos de sacar los pies, despreciando
todo aquello que los imprudentes hacen, porque tales cosas no las pueden
hacer sino los que lo son. Hemos de recibir con indiferencia los honores y
las afrentas del vulgo, sin alegrarnos con aquéllos ni entristecernos con
éstas: porque de esta suerte dejaremos de hacer muchas cosas necesarias por
el temor o fastidio de las injurias, y no acudiremos a los públicos o
particulares ministerios y tal vez a los importantes a la salud, mientras
nos congoja un afeminado temor de oír algo contra nuestro ánimo. Y otras
veces, estando airados contra los poderosos, descubriremos este afecto con
destemplada desenvoltura. Y si pensamos que es libertad el no padecer algo,
estamos engañados, que antes lo es el oponer el ánimo a las injurias, y
hacerse tal que espere de sí solo las cosas dignas de gozo, apartando las
exteriores por no pasar vida inquieta, temiendo la fisga y las lenguas de
todos. Porque ¿cuál persona hay que no pueda hacer una afrenta, si la puede
hacer cada uno? Pero el sabio y el amador de la sabiduría usaran de
diferentes remedios. A los imperfectos, y que todavía se encaminan a los
tribunales públicos, se les debe proponer que su vida ha de ser siempre
entre injurias y afrentas; los que las han esperado, todas las cosas les
parecen más tolerables. Cuanto más aventajado es uno en nobleza, en fama y
en hacienda,
|
tanto con mayor valor se ha de mostrar, trayendo a la memoria que las más
esforzadas legiones toman la avanguardia. Las afrentas, las malas palabras,
las ignominias y los demás denuestos súfralos como vocería de los enemigos,
y como armas y piedras remotas, que sin hacer herida hacen estruendo cerca
de los morriones; súfrelas sin mostrar flaqueza y sin perder el puesto, las
unas como heridas dadas en las armas y las otras en el pecho; y aunque te
aprieten, y con molesta violencia te compelan, es torpeza el rendirte:
defiende, pues, el puesto que te señaló la naturaleza. Y si me preguntas
qué puesto es éste, te responderé que el de varón. El sabio tiene otro
socorro diverso del vuestro, porque vosotros estáis en la pelea, y para él
está ya ganada la victoria; no hagáis repugnancia a vuestro bien, y
mientras llegáis al que es verdadero, alentad en vuestros ánimos esta
esperanza, y recibid con gusto lo que es mejor, y confesad con opinión y
con deseos el decir que en la república del linaje humano hay alguno
invencible y en quien no tiene imperio la fortuna.
|
 |