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desocupados, y no guardados de porteros, no entra la fortuna,  porque sabe no tiene lugar adonde conoce que no hay cosa que sea suya; y  si aun Epicuro, que tanto trató del regalo del cuerpo, tuvo brío contra  las injurias, ¿qué cosa ha de parecer entre nosotros increíble o puesta  fuera de la posibilidad de la humana naturaleza? Aquél dijo que las  injurias eran tolerables al sabio, y nosotros decimos que para el sabio no  hay injurias.

 

Capítulo XVI

 

Y no hay para qué me digas que esto repugna a la naturaleza; porque  nosotros no decimos que el ser azotado, el ser repelido y el carecer de  algún miembro no es descomodidad; pero negamos que estas cosas sean  injurias. No les quitamos el sentimiento del dolor, quitámosles el nombre  de injurias, que éste no tiene entrada donde queda ilesa la virtud. Veamos  cuál de los dos trata más verdad; entrambos convienen en el desprecio de  la injuria. Pregúntasme: siendo esto así, ¿qué diferencia hay entre ellos?  La que hay entre los fortísimos gladiadores, que unos sufriendo las  heridas están firmes, y otros volviendo los ojos al pueblo, que clama, dan  indicios de su poco valor; no mereciendo que por ellos se interceda. No  pienses que es cosa grande en lo que discordamos; sólo se trata de aquello  que es lo que sólo nos pertenece. Entrambos ejemplos nos enseñan a  despreciar las injurias y contumelias, a quien podemos llamar sombras y  apariencias de injurias; para cuyo desprecio no es necesario que el varón  sea sabio, basta que sea advertido, y que pueda hacer examen,  preguntándose si lo que le sucede es por culpa suya o sin ella; porque si  tiene culpa, no es agravio sino castigo; y si no

la tiene, la vergüenza  queda en quien hace la injuria. ¿Qué cosa es ésta a que llamamos  contumelia? Que te burlaste de mi calva, de mis ojos, de mis piernas o mi  estatura. ¿Qué agravio es decirme lo que está manifiesto? De muchas cosas  que nos dicen delante de una persona nos reímos; y si nos la dicen delante  de muchas, nos indignamos, quitando la libertad a que otros nos digan lo  que nosotros mismos nos decimos muchas veces. Con los donaires moderados  nos entretenemos, y con los que no tienen moderación nos airamos.

Capítulo XVII

 

Refiere Crisipo que se indignó uno contra otro porque le llamó  carnero marino. Y en el Senado vimos llorar a Fido Cornelio, yerno de  Ovidio, porque Corvulo le llamó avestruz pelado: había tenido valor contra  otras malas razones que le infamaban las costumbres y la vida, y con ésta  es le cayeron feamente las lágrimas; tan grande es la flaqueza del ánimo  en apartándose de la razón. ¿Qué diremos de que nos damos por ofendidos si  alguno remeda nuestra habla y nuestros pasos o si declara algún vicio  nuestro en la lengua o en el cuerpo? Como si estos defectos se  manifestaran más con remedarlos otros, que con tenerlos nosotros. Muchos  oyen con sentimiento la vejez y las canas a que llegaron con deseos; otros  se ofendieron de que les notaron su pobreza, escondiéndola de los otros  cuando entre sí se lamentan de ella. Según lo cual, a los licenciosos que  con decir pesadumbres tratan de hacerse graciosos, se les quitará la  materia si tú, voluntaria y anticipadamente, te adelantares a decirte lo  que ellos te podrán decir: porque el que comienza a   reírse   de  sí,  no  da  lugar  a  que  otros  lo  hagan.  Hay

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