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camarero. ¡Oh, cómo conviene despertar la risa en estas ocasiones!, ¡y cómo se debe  henchir de deleite el ánimo cuando en su quietud contempla los errores  ajenos! ¿Pues qué se ha de hacer? ¿No ha de llegar el sabio a las puertas  guardadas por un áspero y desabrido portero? Si le obligare algún caso de  necesidad, podrá experimentar el llegar a ellas, amansando primero con  algún regalo al que las guarda como perro mordedor, sin reparar en hacer  algún gasto, para que le dejen llegar a los umbrales; y considerando que  hay muchos puentes donde se paga el tránsito, no se indignará de pagar  algo, y perdonará al que tiene a su cargo esta cobranza, séase quien se  fuere, pues vende lo que está expuesto a venderse. De corto ánimo es el  que se muestra ufano porque habló con libertad al portero y porque le  rompió la vara y se entró al dueño y le pidió que lo mandase castigar. El  que porfía se hace competidor, y aunque venza ya se hizo igual. ¿Qué hará,  pues, el sabio cargado de golpes? Lo que hizo Catón cuando le hirieron en  la cara, que ni se enojó ni vengó la injuria, y tampoco la perdonó, porque  negó estar injuriado: mayor ánimo fue no reconocerla, de lo que fuera el  perdonarla. Y no nos detendremos mucho en esto: porque ¿quién hay que  ignore que de estas cosas que se tienen por buenas o por malas hace el  sabio diferente concepto que los demás? No pone los ojos en lo que los  hombres tienen por malo y desdichado; porque no camina por donde el  pueblo. Y al modo que las estrellas hacen su viaje contrario al mundo, así  el sabio camina contra la opinión de todos.

 

Capítulo XV

 

Dejad, pues, de preguntarme cómo  el sabio no recibe injuria

si le  hieren o le sacan los ojos; y que no recibe afrenta si le llevan por las  plazas, oyendo oprobios de la gente soez; y si le mandan que en los  convites reales coma debajo de la mesa con los esclavos de más bajos  ministerios; y finalmente, si fuere forzado a sufrir cualquier otra  ignominia de las que aun sólo pensadas son molestas a cualquier ingenua  vergüenza. En la forma que éstas se aumentan, ora sea en número, ora en  grandeza, serán siempre de la misma naturaleza; con lo cual, si las  pequeñas no ofenden, tampoco han de ofender las grandes; y si no las  pocas, tampoco las muchas. De vuestra flaqueza sacáis conjeturas para el  ánimo grande; y cuando pensáis en lo poco que vosotros podéis sufrir,  ponéis poco más extendidos términos al sabio, a quien su propia virtud le  colocó en otros diferentes parajes del mundo, sin que tenga cosa que sea  común con vosotros; por lo cual no se anegará con la avenida de todas las  cosas ásperas y graves de sufrir, ni con las dignas de que de ellas huyan  el oído y la vista; y en la misma forma que resistirá a cada una de por  sí, resistirá a todas juntas. Mal discurre el que dice: esto es tolerable  al sabio, y esto es intolerable, y el que pone coto y límite a la grandeza  de su ánimo. Porque la fortuna nos vence, cuando de todo punto no la  vencemos. Y no te parezca que esto es una aspereza de la doctrina estoica,  pues Epicuro (a quien vosotros tenéis por patrón de vuestra flojedad, y de  quien decís que os enseña doctrina muelle y floja, encaminada a los  deleites) dijo que raras veces asiste la fortuna al sabio: razón poco  varonil. ¿Quieres tú decirlo con mayor valentía, y apartar de todo punto  la fortuna del sabio? Pues di: esta casa del sabio es angosta y sin  adorno, es sin ruido y sin aparato: no está su entrada defendida con  porteros, que con venal austeridad  apartan la turba;  pero por  estos  umbrales

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