|
continuamente combatiendo las olas por todas partes alteradas, y no por eso
le mueven de su puesto, ni con sus continuos acometimientos en tantos
siglos le deshacen. Acometed y asaltad con ímpetu, que con sufriros os he
de vencer. Todo aquello que se encuentra con las cosas firmes e
insuperables, prueba con daño suyo sus fuerzas: y así buscad alguna materia
blanda y sujetable en que se claven vuestras flechas. ¿Halláis por ventura
desocupados para inquirir los males ajenos, y hacer censura de cada uno,
diciendo: ¿por qué este filósofo tiene tan grande casa, por qué come tan
espléndidamente? Miráis los ajenos lobanillos estando vosotros llenos de
llagas: como el que estando atormentado de lepra se ríe de las verrugas o
lunares de los cuerpos hermosos. Objetad a Platón que pidió dineros, a
Aristóteles que los recibió, a Demócrito que los despreció, a Epicuro que
los gastó; y objetadme a mí las costumbres de Alcibíades y Fedro, que
cuando llegares a imitar nuestros vicios seréis dichosos. Pero mayor
inclinación tenéis a los vuestros, que por todas partes os hieren: los unos
os cercan por defuera, y otros están ardiendo en vuestras entrañas. No
están las cosas humanas en estado (aunque conocéis poco el vuestro) que haya
tan sobrado ocio que os dé tiempo para desplegar las lenguas con oprobio de
otros.»
Capítulo XXVIII
«Vosotros no entendéis estas cosas, y mostráis el rostro diferente de
vuestra fortuna: como sucede a muchos, que estando sentados en el coso, o
en el teatro, está su casa con alguna muerte, sin que haya llegado el mal a
su noticia. Pero yo mirando desde alto veo las tempestades que amenazan, y
poco después han de romper en lluvias tan
|
vecinas, que si se acercaren más, han de arrebatar a vosotros, o a vuestras
cosas. ¿Qué diremos de esto? Por ventura, aunque sentís poco, ¿no es un
cierto torbellino el que trae en rueda vuestros ánimos, poniéndoos estorbos
cuando huís, y arrebatándoos cuando buscáis las mismas cosas, ya
levantándoos en alto, y ya derribándoos a los abismos? ¿Por qué, pues, nos
abonáis los vicios con el común consentimiento?» Aunque no intentemos cosa
alguna que no sea saludable, con todo eso es conveniente el retirarse cada
uno en sí mismo, pues retirados seremos mejores. ¿Por qué, pues, no ha de
ser lícito allegarnos a algunos varones buenos, y elegir algún buen
ejemplar por donde encaminar nuestra vida? Entonces se podrá conseguir lo
que una vez agradó, cuando no interviniere alguno que ayudado del pueblo
tuerza la inclinación, que está débil; y entonces podrá continuar la vida,
que la desmembramos con diversísimos intentos. Porque entre los demás
males, es el más pésimo el andar variando de vicios, con lo cual aun nunca
nos sucede perseverar en la culpa conocida: un mal nos agrada, y nos
fatiga por otro; con lo cual nuestros juicios, no sólo son malos, sino
mudables. Andamos siempre fluctuando, y asiendo de unas cosas y de otras;
dejamos lo que pretendimos, y pretendemos lo que ya dejamos, andando en
continuas mudanzas entre nuestros deseos y nuestro arrepentimiento; y esto
nace de que estamos pendientes de ajenos pareceres, y tenemos por bueno
aquello a que vemos hay muchos que aspiran y muchos que lo alaban, y no
aquello que debiera ser pretendido y alabado; y no juzgamos si el camino
que seguimos es bueno o malo, sino por la cantidad de las huellas, sin que
en ellas haya alguna de los que vuelven. Dirá: ¿Qué haces, Séneca?
¿Apártate de tu profesión? Ciertamente nuestros estoicos
|
 |