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que dirá aquel  a quien cupo en suerte el ser sabio, aquel a quien el ánimo libre de  culpas le obliga a reprender a los otros, no por odio, sino por remedio.  Dirás: «Vuestra estimación, no en mi nombre, sino en el vuestro, es la  que me mueve; porque el aborrecer, y ofender a la virtud, es un  apartamiento de toda buena esperanza. Ninguna injuria me hacéis, como no  la hacen a los dioses en sus personas los que derriban sus altares, aunque  muestran su mala intención y su mal consejo donde no pueden hacer ofensa. 

 

 

De la misma manera sufro vuestros errores, como Júpiter Óptimo Máximo  sufre los disparates de los poetas: uno de los cuales le puso alas, otro  cuernos, otro lo introduce adúltero y trasnochador: otro lo hace cruel  contra los dioses, otro injusto con los hombres, otro arrebatador, y  violador de nobles, hasta en sus propios parientes: otro matador de su  padre, y conquistador del ajeno y paterno reino. Los cuales en esto no  cuidaron de otra cosa más que de quitar a los hombres la vergüenza de  pecar, con creer que habían sido tales sus dioses. Mas aunque todas estas  cosas no me hacen lesión, con todo eso por lo que os toca, os amonesto que  admitáis la virtud: creed a los que la han seguido mucho tiempo, y dicen a  voces que han seguido una cosa grande, y que cada día descubre ser mayor.  Reverenciadla como a los dioses, y estimad como a prelados los profesores  de ella: y siempre que hicieren mención de letras sagradas, ayudad sus  lenguas, y hasta en palabra ayudad; no digo que les deis favor, sino  encomendaos en ella el silencio, para que se pueda celebrar dignamente lo  sagrado, sin que haya alguna mal voz que lo interrumpa.»

 

Capítulo XXVII

 

Y esto es más necesario encargároslo, para que siempre que de aquel  oráculo saliere algo, lo oigáis atentos y con silencio. Cuando alguno,  tocando el pandero, os miente por ser mandado; y cuando algún artífice de  herirse en las espaldas, ensangrienta con mano suspensa los brazos y los  hombros; y cuando alguno, caminando de rodillas por las calles, aúlla; y  cuando el viejo, vestido de lienzo, sacando en medio del día el laurel y  la luz, da voces, diciendo que alguno de los dioses está enojado,  concurrís todos, y le oís, y guardando un mudo pasmo, afirmáis que es  varón santo. Veis aquí a Sócrates, que desde aquella cárcel (que la purgó  con entrar en ella, y la hizo más honrosa que los insignes palacios) clama  diciendo: «¿Qué locura es ésta? ¿Qué inclinación tan enemiga de los dioses  y de los hombres es infamar las virtudes y con malignas razones  desacreditar las cosas santas? Si lo podéis acabar con vosotros, alabad a  los buenos, y si no, por lo menos dejadlos. Y si tenéis intento de  ejecutar esa mala inclinación, embestíos unos a otros: porque cuando os  enfurecéis contra el cielo, no os digo que hacéis sacrilegio, sino que  perdéis el trabajo. Alguna vez di yo a Aristófano materia de  entretenimiento, y toda aquella caterva de poetas cómicos derramó contra  mí sus venenosos dicterios y donaires; y mi virtud se ilustró con lo que  ellos pretendieron herirla, porque le está muy a cuento el ser desafiada y  tentada; y ninguna conocen cuán grande sea, como los que desafiándola  experimentaron su valentía. Ninguno conoce tan bien la dureza del  pedernal, como el que le hiere. Yo me entrego a vosotros, no de otra  manera que un peñasco destituido y solo en bajo mar, que le están  

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